Es un lento atardecer, imperioso, en el vasto desierto. No hay falsos testigos del cielo en llamas, ni víctimas vivas del cruel acoso que sufre esa tierra de mil escamas. Una última esperanza ha sido entregada al azar, en reclamo a un dios de flamígera espada, sin lamentos para la historia, con un grito de vetustas tragedias. Sabe que la Humanidad no se posó en su destino inveterado, ni voló hacia allí con besos alados, sino con sangre sin rencor, con locura sin delirio, con acero envenenado. Y se pregunta cuál es su nación, si sus fronteras son pisoteadas por pies ajenos; cuál es su ser, si su nombre los púlpitos del mundo rehúyen; cuál su canción, si sólo rugen truenos.
Y en la otra mejilla del horror, aferrados, mira a los supervivientes de la miseria; en el corazón verde de sus entrañas, tierra adentro, como alejados del devenir, de la carretera del infierno. Brazos negros e invisibles que sostienen sus columnas, un sudor etéreo que vuela hacia cielos níveos, un leve rencor desde un gesto hercúleo, para no caer en la nada.
Al olvido se entrega, sin remisión, este crimen velado: La vana lujuria de los dioses, el grave descuido de los imperios, la violenta lucha desde el horror, el cadalso de los débiles. Pero sabe que es ella, está ahí, como una vieja señora: bajo una tierra bañada en sangre, entre tres mares rojos sin compasión, con el dibujo del hambre en su rostro, con la tácita indiferencia del mundo. Es África, encendida, apagada, moribunda, serena, humana, divina y estigia, en nuestro cielo reflejada. Una última esperanza al azar, por si algún día alzamos la mirada.