El labio mojado todo el día,
rabiando por un deseo impronunciable. La casa impregnada de voces que a veces
no escucha; otras, sin embargo, escucha el silencio, y sonríe, porque le parece
hermoso. Por la mañana llama a mamá, pero nadie responde, porque ella era la
mujer, y él era el hijo al que transmitió todo lo que ella llevaba dentro.
Pero nadie responde. La música procede del patio; él piensa en el placer de la
música, el verdadero placer. Luego llega un celador y le coge del brazo. Le
llamaba por su nombre: Julio Alberto. Van a ver el fútbol en la sala, después
le llevan al refectorio y comen.
La enfermera llegó con aire
diligente para darle la medicina. Él la miró a la cara. Ella paró sus
movimientos y se concentró en su mirada. Le pidió lápiz y papel. Ella se lo
prometió.
La escritura fue una catarsis
delirante del subconsciente. A partir de entonces toda comida le supo
fantástica, las preocupaciones le volvieron, el trabajo, todo ello le mantuvo
en cierta lucidez. Y entonces reflexionó sobre su vida y aprendió a tener
siempre algo que hacer: entender por qué había retrocedido. Su vida había sido
una línea recta, pero él había llegado al final demasiado rápido, para
descubrir que era entonces cuando empezaba el verdadero camino. Pero él había
retrocedido para coger impulso, y al punto se dio cuenta de que los zapatos ya
estaban gastados y el andar producía dolor. Y recordó sus gritos. Mamá decía
que se había vuelto loco. Lo tenía todo y no era consciente de ello, y por eso
había caído en aquella insania, dijo ella una vez. Pero él sabía que nunca tuvo
nada. Y sufrió el destierro del final. Sus hijos, Benito y Clara, se fueron con
ella, con su madre, porque ellos no habían empezado a vivir. Y él, sin embargo,
intentando retomar los licores del pasado.
Había escrito ciento veinte
cartas a sí mismo desde entonces cuando, sin esperarlo, apareció la psicóloga
del centro. Se lo llevaron a un despacho. Él renunció a salir de allí: aún no
había comprendido nada. No, no era eso. Queremos publicar sus cartas, dijo
ella, la suya es una buena historia. Pero, ¿no tendré que salir de aquí?,
preguntó. “Es inevitable, el mundo le espera”.
¡Mis zapatos, mis zapatos!, y
comenzó a gritar de nuevo en un delirio inconsolable. El director avisó al
celador con urgencia.