Hay
cosas que nunca cambian, como el placer de estar sentado a la luz de la Tierra,
mientras tomamos una copa de vino juguetón que a veces se derrama en el
firmamento por inercia de su propia ingravidez, o como el bochorno de esos días
de sol en que bajo la sombrilla jugamos una divertida partida de ajedrez y nos
reímos de los peones voladores que nos hacen pensar en las batallas que sabemos
que ocurren en aquel planeta siniestro de locos.
Sí,
hay cosas que nunca cambian, como es el sentimiento de inquietud al leer una
novela de terror mientras contemplamos cómo el cuchillo aún no ha alcanzado su
reposo total después de haber cortado las hogazas de pan importado de la Tierra;
o esos maravillosos sonidos que llegan desde el fondo de aquel agujero oscuro
en el suelo, noche tras noche, como si desde las entrañas de este solitario
planeta alguien nos gritara para decirnos que no estamos solos.
Hay
cosas que nunca cambian, como ese duende que todas las noches me aborda los
sueños más dulces para decirme que estamos equivocados y que posiblemente todo
haya sido un error del tiempo, o de aquella gran convicción, nada infundada por
supuesto, sobre la que hemos hecho nuestro gran viaje. Ese es el duende de
siempre, él tampoco ha cambiado, y cuando me despierto, siempre lo despido con
la misma frase con la cual se marcha quizá ofendido, y así le digo que, diga lo
que diga, nadie nos quitará este horrible privilegio de ser de otro planeta.
