"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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lunes, 23 de junio de 2014

UN DESTINO BENDECIDO

Tras la muerte de su padre, las cosas se complicaron. El país había caído en una profunda crisis y las cosas ya no eran como antes. Su situación era delicada: en pocos meses había consumido todos los recursos y ahora se veía sumergido en el angustioso mar de la necesidad en el que durante años había visto a tanta gente desde su elevada posición, contemplando cómo el futuro se hacía trizas, cómo las caras se enfurecían con la miseria y cómo muchos hombres y mujeres con la soga al cuello hacían las maletas y se alejaban de la tierra que los vio nacer.
De modo que no pudo soportar durante más tiempo aquella sumersión en la escasez, pues él sabía que la naturaleza no lo había creado para vivir en aquellas penosas condiciones, y estaba convencido de que su destino había sido bendecido por los dioses, y que aquella situación tarde o temprano cambiaría apenas se moviera.
Aquella noche él no podía dormir. Había discutido con su esposa acaloradamente y aún le quemaban por dentro los rescoldos de aquella discusión. Ella dormía como si nada, como siempre hacía, después de desahogarse con él, después de soltarlo todo y de relamerse en su propia soberbia. Mientras tanto, en su cabeza quedaron flotando insistentemente aquellas palabras reveladoras: “Tú eres quien tiene problemas con la justicia. Yo no me moveré de aquí”. Fue entonces cuando, resuelto a dar el paso definitivo hacia delante, decidió hacer la jugada que alguna vez había planeado en las estribaciones de su fantasía, en aquellos momentos en que la abundancia le había permitido caminar todos los senderos y jugar a todos los juegos sin renunciar a nada. Sin mediar más cavilaciones, tomó por fin el teléfono e hizo una llamada.
El presidente había esperado aquella llamada desde hacía unas semanas, cuando se iniciaron los primeros brotes violentos entre la población. Entonces él lo dijo: “He cambiado de opinión”. Porque nadie en ningún momento le había negado una salida, y había sido él quien había rechazado el salvoconducto, esperando que la situación revirtiera de nuevo a su estado anterior. El presidente mantuvo su palabra, y propuso un día y una hora, con la mayor discreción.
El día previsto, él no se despidió de su esposa. Salió bien entrada la noche y condujo durante una hora. El comisario lo esperaba envuelto en un largo gabán en el lugar convenido. El cálido hálito que exhalaba delataba el frío seco de la oscuridad. Entonces él llegó y el comisario penetró en el vehículo. Le ofreció un cigarrillo que el otro aceptó antes de enseñarle el maletín y darle las consignas: las cuentas desbloqueadas, el puesto número tres, la calle Regina, la nueva documentación… Cuando  el comisario acabó de hablar, él preguntó por ella, sin mencionar su nombre, porque él sabía que el policía le entendería, pues quién si no él conocía en el país los más recónditos secretos de palacio. Entonces contestó que ella lo esperaba allí, como le habían prometido. Luego apuró el cigarro, le estrechó la mano y salió del coche. Tres horas después, en el puesto número tres de la frontera, un soldado le pedía la documentación. Él sacó la llave y se la mostró. El soldado bajó de nuevo la cabeza y fijó la mirada para comprobar que, efectivamente, era él. Luego, levantó la barrera y lo dejó pasar.
Tras una larga noche de espera, el teléfono volvió a sonar en la sede del gobierno: “Ya pasó, señor presidente”, dijo alguien al otro lado de la línea. El presidente se volvió, ofreció una sonrisa tranquilizadora, y habló: “Señores, el príncipe ha llegado a su destino.” Y tras unos segundos en que nadie se atrevió a decir ninguna palabra, como si  todos supieran que aquella información estaba incompleta, añadió: “Está todo arreglado. Ahora volverá a vivir a cuerpo de rey.” Aquella frase pareció una ironía, casi un chiste, lo que no todos entendieron como tal. Pero el secretario de Interior sí lo había entendido perfectamente, y apostilló: “No duden ustedes que de ahora en adelante el príncipe adorará nuestra república”. 

sábado, 21 de junio de 2014

LOS BUSCADORES

            Entre la humedad frondosa que envuelve en sombra a la ciudad, entre las salivas que corren de un lado para otro, entre los fluidos latentes que se entretienen entre papeles, con imágenes de pantallas oscuras, con el ruido de martillos y motores, entre todo el lodo que rezuma el cielo y cae sobre nuestra existencia, encontramos unos seres anómalos, a causa de dios sabe qué motivo ignoto, quienes, sin la más mínima consciencia de sus actos, son movidos por una búsqueda incesante de algo que hasta ellos mismos desconocen, y que, no conformes con esa carencia indeterminada que les conduce amargamente en el pensamiento, se lanzan a la calle sin buscar pero con la ilusión de que hay algo que encontrar. A veces esos seres pueden parecer demasiado egoístas, demasiado raros o incluso demasiado ingenuos, pero se trata sólo de manifestaciones acuñadas por el hombre para el hombre, y por tanto dentro de la ley. Si miras alguna vez hacia algún lado y ves unos ojos perdidos en busca de algo que parecen no encontrar, no dudes que se trata de esa especie referida de hombres, aunque probablemente si tú lo detectas es porque también tú eres uno de ellos. Pero lo más importante de todo es saber que entre la frondosa humedad de la ciudad, entre los vaivenes de los cuerpos entre la multitud embelesada con lo cotidiano, entre el silencio de la humedad reflejada en la vegetación que absorbe el humo de los coches, estos seres de ojos abiertos desconocen el desconsuelo del futuro, y por más que la evidencia les caiga sobre sus cabezas, seguirán buscando aquello que, sin saberse perdido y lejos de su existencia, les hace incomprensiblemente dichosos.

jueves, 29 de mayo de 2014

UN POCO DE SANGRE



Los brazos caen abajo, las manos escapan hacia los bolsillos, la persistencia de la necedad ha hecho mella en el ánimo exhausto de los más entusiastas, como si el sistema se empeñara en desesperar. Robados los últimos céntimos de ilusión, ¿qué queda? Si ya el imperio de la ignorancia domina el mundo de la comodidad, de la dependencia enfermiza, de la obscena gloria de los símbolos de la muerte, qué nos queda: la danza de la inconsciencia que se deleita con la destrucción, con el afanoso ruido de la pandereta académica, las vidas agostadas en cuerpos acomplejados, escuálidas almas robadas a la esperanza, seres antojadizos royendo la puerta del mal, cual ratas inmunes a la estulticia, a la miseria moral, al hambre de la pasión que enamora. 
El verde rencor de la primavera suspira por sangre, ¿dónde? Sangre, hagamos sangre antes de que se pierda el lugar hacia dónde escapa la vida. Sólo para orientarnos. Quizá alguna forma de arte, algún escenario diáfano donde se derramen lágrimas de alegría y de dolor, algún ídolo facineroso que nos saque el rostro rebelde y diabólico. Sólo hacer un poco sangre, y seguirla hasta el mar.  

sábado, 24 de mayo de 2014

EL MAESTRO LUDÓPATA

En verdad, el maestro no pasa de ser más que un simple ludópata: sacrificar su tiempo, sus pensamientos libres y sus fuerzas en un impulso ciego por ganar algo en este juego de la educación no lo hace diferente de un ludópata de otro género.
El maestro se ilusiona, sueña con que el tiempo empleado en sus alumnos sirva para algo, a saber: que en cualquier momento cercano, el alumno sufra un cambio en su conocimiento o en su forma de ver el mundo; sueña, en definitiva, con contagiar su ser a sus alumnos en alguno de los sentidos en que esto pudiera suceder. Una y otra vez repite la operación: mira a los ojos del muchacho, comprende su necesidad y ¡zas! se lanza a la tarea, con esa ciega ilusión del jugador compulsivo, esperando el premio mayúsculo que lo llene de regocijo y satisfacción, que lo haga, en suma, un gran jugador. Sin embargo, el juego no sería tal si el premio estuviera cercano, si el temor a perder no fuera el hilo que tensa la emoción, y por eso quizá la derrota no sea más que una necesidad de su propia naturaleza.
Si tan sólo una vez la objetiva obviedad del mundo que le rodea pudiera por unos segundos hacerle comprender que todo eso no es más que una  mera ilusión, el maestro quizá comenzaría a saber que se encuentra enfermo, y que más allá de sus vanos intentos por domar la naturaleza indómita de sus alumnos, sólo puede conseguir consumirse en los intentos, sin que jamás la suerte le sonría más que en algunos reintegros.
Quizá habría que pensar en primer lugar en unos planes educativos contra este tipo de enfermedad tan nociva para el resto de la sociedad y, sobre todo, para esos otros impostores de profesión. Aunque se sabe que hay delegaciones trabajando desde hace tiempo en este sentido.

sábado, 26 de abril de 2014

CIRCO

Día tras día, semana tras semana, año tras año, los fatales vaticinios de los más pesimistas se iban cumpliendo, como gotas de rocío que caen de las hojas melancólicas de la noche. A veces una cuchillada penetraba en la carne de aquel pueblo insensible, y por un lado un grito tenue salía en dirección al cielo. Era la Desesperación. Pero inmediatamente allí llegaba su inseparable hermana, Resignación, derramando cordura sobre aquel terreno sembrado del dulce y placentero veneno de la infamia, evitando mayores estropicios.
Entonces aparecía el filósofo maldiciendo el círculo del Destino, la rueda que ordena el mundo según la comodidad y la pereza, y se levantaba de su asiento mullido y en un arrebato blasfemaba contra los hombres poderosos, contra el tiempo, contra los muros indecentes de la injusticia, en una expresión de ira irreversible.
El ínclito poeta escribía versos incomprendidos, llenos de belleza eterna, ardientes, en un afán desorbitado por crear un esbozo de imaginación colectiva, y en ellos reflejaba un retablo tenebroso en el que el pueblo sucumbía a los monstruos que caminan hacia el infierno sobre una carreta de heno.
Las masas humanas que llegaban del séptimo círculo del infierno rugían con sus antorchas inclementes e iban iluminando punto por punto el cielo oscuro de la noche, pero el hombre no veía nada porque otra luz más poderosa le tenía obnubilado, y reía de su propia comedia, y la música atronadora y procaz llegaba a sus oídos como una bella melodía que desafiaba las ondas beligerantes con un mágico encantamiento.
El político rompió la botella virginal y cortó el cordón tensado por la mesura, y todos los clamores llegaron al cielo, de donde cayeron relámpagos de emoción para sellar otra costumbre imperecedera. Y el hombre siguió obstinado en la amistad y, pertrechado con todas las viandas y licores requeridos para la ocasión, sucumbió al  hechizo de Baco, y desplegó la pasión desmesurada de su finitud, representando su miseria y su locura en un circo que sólo él reconoce.

Nadie cree ya en la redención, nadie cree que haya algo de verdad en esta burda representación, porque el hombre ha aprendido a conocerse, y a temerse cuando el mar de la locura se alza amenazante. Pero la risa es un licor tan embriagador.

domingo, 20 de abril de 2014

AHORA QUE EL NEGOCIO VA BIEN

Ahora que el negocio va bien, Ana María ha vuelto a la soledad. Y ahora recuerda continuamente aquella frase que Jorge decía al salir a altas horas de la noche del Horno: “Algún día yo seré mi propio jefe”. Porque hace ya unos meses que es jefe de cinco trabajadores, y parece como si disfrutara con ello. Pero a Ana María le parece que al mismo tiempo él se ha convertido en su propio esclavo.
Entre sus empleados está Angelita, la pobre, con su barriga de cinco meses. Él se lamenta y cree que ella le engañó, pues no se le notaba nada cuando entró en el Horno. “Y luego vendrán los días de permiso, y los días de enfermedad, y la lactancia…maldita ruina”, gruñe Jorge cuando Ana María le pide que cuide de ella y no le haga cargar peso.
A veces Ana María ayudaba a hacer masa. Pero sabía que a Jorge no le gustaba que fuera porque su ritmo era demasiado lento, y se entretenía demasiado hablando con Angelita de niños y del futuro. Entonces él comenzó a decir que no había trabajo para ella, para que no acudiera al Horno a entretener a sus empleados, y para que no sintiera pena de ellos, pues Jorge detestaba aquella mirada compasiva con que Ana María les trataba.
Cuando Ana María regresa de acompañar a los pequeños a la escuela, pasa por el Horno y recoge unos churros que luego desayuna en casa, a solas, pues desde que se casaron Jorge siempre madruga.  Cuando aún todos duermen, él se levanta y, sin hacer ruido, se marcha. Luego ella lo visita y le da los buenos días, y un beso. Y vuelve a marcharse.
Ana María nunca había dicho a nadie que estaba sola. Es una mujer muy introvertida. Pero un día rompió su silencio con su mejor amiga. Le confesó que llevaba dos semanas llorando todos los días y que creía necesitar ir a ver a un psiquiatra. Se abrazaron y su amiga le susurró al oído que siempre la tendría a ella.
Ana María pasa las tardes en casa con sus hijos, ambos hiperactivos, tal vez como Jorge. Le preocupa el mayor, pues es muy introvertido y apenas sale de su habitación. El pequeño no tiene querencia por los estudios, y ella le ayuda a estudiar. Desde que el negocio va bien, ella les habla constantemente de papá. Ellos la miran con cara extraña y no responden. Cuando Jorge llega por la noche, ellos ya duermen.
Ana María sabe que ya no son una familia pobre, y cada vez le cuesta más decir no a los chicos. Cree que el mayor tiene demasiados aparatos en su habitación,  y que ese es el motivo de que no salga de allí. Es un chico educado y saca buenas notas, pero no sabe por qué, ella cree que ha fracasado con él.
Ana María también era buena estudiante, pero dejó de estudiar a causa de sus fobias y pánico a la gente y a los lugares extraños. Desde que el negocio va bien, apenas se relaciona con nadie. Cuando vuelve del Horno, pasa por la Academia de Arte, y sueña con dar a conocer sus pinturas y sus dibujos, pero al punto una angustia galopante le oprime el pecho.
Ana María está sola y es incapaz de moverse entre la multitud. Hoy ha decidido ir a ver a un psiquiatra. Piensa que quizá con unas pastillas pueda salir de sí misma. Pero justamente hoy Jorge la ha llamado por teléfono para pedirle ayuda, pues necesita alguien para amasar.
Ana María acude al Horno y comprueba que su mejor amiga está ausente. Entonces llama y el teléfono no salta. Pregunta a Jorge y no encuentra respuesta. Ana María se lava las manos, toma unos churros y se marcha. Jorge la mira alarmado desde el otro lado de la vitrina.
Angelita se encuentra por fin en el hospital de Santa Ana. Se ha roto y ya todo es en vano. Ana María la abraza fuertemente y llora por ella. Pero Angelita es fuerte y hace acopio de palabras para decirle en un frío suspiro que quizá sea mejor así, pues ya no preocupará a Jorge con su futura maternidad.
Ana María escucha un eco de aquellas palabras y recuerda, de repente, con lágrimas en los ojos, que Angelita no tiene pareja. Porque ella siempre respetó que no quisiera hablar del padre de aquel bebé. Su mejor amiga, su gran amiga, su íntima, a quien ella tanto quería. Angelita, Angelita, ... dice, antes de volver a abrazarla, ahora con más fuerza aún. Como si fuera el último.
Ana María viaja en el tren de las nueve de la mañana. El psiquiatra le dio una caja de pastillas. 

lunes, 14 de abril de 2014

TRES SOMBRAS SOBRE LA TIERRA


Fuera de la casa caía la nieve. A lo lejos, tras un velo blanco, se podían atisbar las últimas montañas tras las cuales se extendía la infinita estepa. En el salón las llamas de la chimenea comenzaban a extinguirse lentamente bajo los troncos consumidos. Delante del hogar, sobre el sofá, yacían los dos amantes, entregándose cuerpo a cuerpo al acto descarnado para el que habían sido concebidos por la divinidad. Él resoplaba tensando su portentosa musculatura, con una sonrisa dibujada en su rostro, volteando a su pareja. Su piel de color rojo infierno contrastaba con la tersa blancura de su amante casual. El Bien y el Mal. Ninguno de ellos era consciente de sus actos, tal era la inconsciencia de la creación, y sin embargo, allí mismo el Mal inyectaba en su amante toda la voluptuosidad, la avaricia, la corrupción y los vicios con que había sido creado, tras lo cual la bondad inocente de aquella criatura iniciaría el camino hacia su propia consunción, fechada el día en que nacieran sus hijos, los gigantescos hijos del mundo.
Durante los meses que siguieron arreció el viento. La casa se erguía en la soledad a la espera del alumbramiento. Entre el vacuo cuerpo del viento a veces se divisaban espectros aciagos: un caballero  oscuro vestido con un raído uniforme militar acompañaba a una dama, blanquecina y difusa, evocando alguna cuenta pendiente con la Humanidad. Hasta que pasó el invierno, y el sol alumbró por primera vez la cima de las montañas. Fue entonces cuando se vieron por primera vez, como nacidos de las blancas tinieblas del invierno, los tres herederos de la divinidad y sus tres enormes sombras proyectadas sobre la tierra.

PASIÓN
Y los primeras pinceladas de la primavera comenzaron a aparecer sobre la tierra: el sonido de las aguas deslizándose entre el hielo sucio, los pájaros retozantes, las copas de los árboles adornándose con la fronda. La estepa se volvió verde y su hierba comenzó a ondear con el viento suave y frío que provenía de las montañas. Entonces, la Pasión surgió del frío, como un aire que se despliega para ejercer un influjo sobre los hombres. Hermosa dama con la que el hombre se volvería voluptuoso, porque así lo era ella, pues en su paseo por entre las almas terrenales aquella dama escanciaba un licor de felicidad entre ellas, en el lugar donde luego brotaba la alegría, y la inconsciencia, porque inconsciente era también su belleza. Y tan pronto esto ocurría, la perdición ponía las manos sobre el destino de aquellos pequeños seres.
Pero la Pasión era efímera, y el hombre mortal, débil y pobre. Y el fuego de la Pasión le daba una fuerza descomunal, pero efímera. Fue entonces que el hombre decidió que la Pasión no debía extinguirse y, con toda la fuerza del recuerdo incesante, quiso alimentarla. El hombre se dispuso entonces a quemar toda la materia que le rodeaba para alimentar la Pasión, y evitar que la llama se extinguiera, y deseó toda la riqueza a su alrededor para con ella perpetuar aquel fuego. Y a partir de entonces, cuanta materia le estaba prohibida al hombre él la arrebataba para quemarla y fundir con ella su alma. Ocurrió entonces que, en el devenir de los acontecimientos, el hombre no tuvo más remedio que entregarse al Mal, pues sólo Él atesoraba toda aquella materia prohibitiva que tanto deseaba el mortal de los mortales. Desde entonces aquella hermosa dama quedó para siempre entre los hombres, aunque envilecida por ese absurdo deseo de eternidad, y enloquecida al verse convertida en Lujuria.

RAZÓN
El sol ascendía lentamente hacia el solsticio, y el hombre continuaba el ritmo lento de los astros en su sucumbir bajo las llamas de la Lujuria cuando, de repente, la Razón apareció bajo el sol como un ave redentora. Aquel caballero de porte recto y flema de poderoso puso su mano en el hombro de aquel ser mortal y débil, y entonces el hombre entendió que había sido el elegido para crear un imperio en el mundo, y alcanzar la perfección y la sabiduría. Y de repente todo adquirió otro sentido para él, pues comenzó a ver su futuro y, ante este, la necesidad de acumular riqueza y asegurar la progenie que perpetuara el goce de los bienes terrenales y de la Lujuria. Y el hombre reivindicó ante el otro su territorio y su poder, y se entregó al Mal para trazar fronteras y alzarse en guerras contra sus oponentes, otros hombres, y con ello trató de vivir para siempre, pues la Razón le había enseñado que con ella alcanzaría la vida eterna.
Sin embargo, flotando sobre este pensamiento, el hombre se volvió orgulloso, y se hinchó de vanidad, y dejó de adorar a su dios la Razón, pues ahora él era fuerte, tan fuerte como el más poderoso dios. De esta forma, aquel caballero, entendiendo que el hombre ya había superado los límites de su propia ambición, decidió castigarlo y someterlo a su propia inconsistencia, inoculando en aquel insignificante ser la enfermedad de la duda. Desde aquel momento el hombre vivió atormentado por la duda de saberse absurdo y por el eterno sinsentido de su existencia.

FE
Y llegaron las lluvias del otoño, y los vientos se cernieron sobre la estepa milenaria vestida con su manto anaranjado. El hombre arrastraba consigo las cadenas de la Lujuria que lo consumía, de la soberbia que lo cegaba y de la duda que lo afligía, y la vida cada vez se le hacía más y más pesada. Ocurrió entonces que en su lento vagar por la estepa infinita, un ser apareció ante él para tomarlo de la mano. Y el hombre sintió que alguien lo dirigía hacia el lugar de las montañas, y miró al lado y vio un chico con la mirada perdida hacia el horizonte. Sus labios apenas se despegaban para exhalar un aliento, y la serenidad estaba impresa en su rostro. Entonces un sentimiento nuevo le fue imbuido en su corazón, y el hombre comenzó a soñar con la cima de las montañas, y una ilusión imprevista le creció en su alma, hasta hacerse adulta y adoptar forma de paraíso, pues sólo el paraíso podía crear la dicha que acababa de brotar en él. Y fueron días y días, años y años, cogido de la mano de aquel pequeño muchacho cuyo pelo crecía y ondeaba con el viento, cuya camisa blanca se deshacía frente al viento frío que les frenaba en su lento caminar hacia la cima. Y durante siglos y siglos el hombre no dejó de soñar, y cada vez que las cadenas se le enredaban en las piedras del camino el hombre miraba al pequeño y su sosiego le transmitía la energía que rompía el lastre del sendero.

Hasta que el cielo se puso blanco y la montaña se irguió ante él como un muro infranqueable. Al pie de la gran montaña, el hombre miró al chico y vio que le señalaba el lugar, y era tan grande la Fe que había depositado durante tantos años en aquel paraíso que sus brazos y sus piernas se alzaron sobre sus propios límites, hasta llegar impulso a impulso a lo más alto de la cima. Y habiendo alcanzado la más preciada de sus metas, aún con los ojos húmedos del contento y las sienes ardientes por la extenuación del viaje, el hombre buscó con su mirada una señal, la señal del cielo, la señal del paraíso anunciado. Y sin querer atosigar a los dioses ni despertar rumores infieles con su impaciencia, el hombre esperó allá arriba, ensimismado en la contemplación de su recuerdo. Hasta que sus huesos se endurecieron  con el frío de la montaña, y sus manos quedaron inertes ante la vana esperanza del paraíso, hasta despertar de repente sacudido por el apremio de la vida. Entonces el hombre recordó al jovencito que había abandonado por el camino y pensó que sólo él podía devolverle las fuerzas y la Fe, después de lo cual volvió sobre sus pasos y comenzó el descenso en dirección a la estepa infinita, en busca de la ilusión perdida, de una mano que lo guiara. Fue entonces, en su brusco retroceso, cuando la locura comenzaba a confundirle los sentidos, cuando halló al pequeño en medio del camino. Estaba tumbado en la nieve, con la mirada fija al cielo, los brazos en cruz y unos hilos de sangre brotando de sus pies y manos. En aquel momento, el hombre supo que ya nada podría salvarlo.  

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