"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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viernes, 18 de julio de 2014

EL BILLETE

Después de un día soleado, aquella tarde invernal había caído rápidamente, y la oscuridad se había cernido sobre las calles antes de que la iluminación pública despertara de su retardo. La reunión en el mesón ya había llegado a su cénit, y había decaído con premura, como siempre ocurría. A lo largo de la tarde él había bebido demasiado, hasta el punto en que todo se le hizo insoportable. Fue entonces cuando alcanzó el billete de encima de la mesa, se levantó con brusquedad de la reunión y, con paso decidido, salió del mesón en dirección a la furgoneta. Las miradas cayeron sobre él, sin embargo nadie se atrevió a interrumpir la silente y brusca determinación con ninguna palabra de interrogación o de despedida, pues todos supieron de inmediato lo que significaba aquel gesto sobrio con que los abandonaba.
Subió al vehículo, arrancó y, dejando caer la furgoneta lentamente, bajó la calle con el billete encima del asiento del acompañante, brillando a la luz refulgente de los faroles que penetraban a través del cristal. El Bigotes había logrado que aceptara el reto. Sin embargo, ahora centraba la vista sobre las líneas discontinuas de la carretera y se preguntaba por qué lo había hecho, comprendiendo que acababa de ser víctima en un juego peligroso.
Llegó a casa e, inmediatamente, se dirigió hacia la tienda a través de una puerta interior. De la estantería que se encontraba detrás del mostrador retiró dos cajas de tomates, deslizó un tablero vertical y se introdujo en un pasillo estrecho descubierto en la pared. Invadido por una suerte de prisa nerviosa, abrió la caja fuerte, de donde sacó  casi al tacto tres gavillas de billetes. Luego, con inusitada precisión, deshizo todos los movimientos desde que entró en la tienda, hasta finalmente girar el interruptor de la tienda y cerrar la puerta.
En el piso de arriba, sobre la mesa del salón los mazos de billetes habían sido ordenados formando una línea soldadesca. En el extremo izquierdo los billetes de cinco, y a partir de ahí, siguiendo una trayectoria iridiscente los colores se iban sucediendo de menor a mayor valor, hasta acabar en un menudo montón de billetes violáceos. Cuando ya lo tenía todo dispuesto, sacó de su bolsillo el billete de quinientos. Antes de depositarlo sobre el montón correspondiente ojeó el color e intentó vislumbrar someramente alguna distinción entre el billete falso y los auténticos. Los raspó con la uña, los ondeó al aire y los colocó a contraluz, pero ninguna de aquellas técnicas le devolvió ninguna conclusión. Entonces comenzó a mezclar los billetes, como en un solitario, hasta que finalmente formó tres montones de dos mil quinientos, los introdujo en tres sobres, los dejó sobre la mesa y se dirigió a la cocina sin mirar atrás.  Cayó en un banquete casi a plomo, exhausto. Y entonces hizo cuenta de que no había comido desde el almuerzo. Eran las once de la noche y tenía que tomar alguna refacción antes de ir a dormir. 
Mientras cortaba pedazos de algunos fiambres y pellizcaba trozos de pan, su mente no podía de dejar de pensar en el billete. Había aceptado aquel billete falso y podía ganar quinientos si conseguía hacerlo valer, pero a cambio de... “A cambio de ¿qué?” se formuló prontamente en voz alta, como para espantar las mordazas de su conciencia, para evadirse de una realidad inminente y palpable que le estaba atormentando desde el momento en que tres horas antes había oído el eco de sus propias palabras, revocado desde las miradas sonrientes de los cinco hombres que le rodeaban, hasta retumbar de nuevo en sus oídos y hacerse reconocibles y significativas: “Yo mañana meto ese billete en el mercado”, había dicho. Y después vino el envite del Bigotes, y su pulso tenaz, y luego entonaron el canto de aquel órdago con otras copas, hasta que las caras de su alrededor comenzaron a tornarse elásticas, como si las risas su hubieran estirado plásticamente y no pudieran contenerse en aquellos rostros cargados de burla.  Fue entonces cuando le pareció que todo aquello había rebasado un límite, se levantó y se largó con el billete.
El lunes madrugó antes de lo habitual. A las cinco de la madrugada apenas cuatro vehículos de carga conformaban la cola ante la barrera del mercado. Un coche de la policía con los cristales oscuros se hallaba aparcado al margen izquierdo, junto a la garita del vigilante que revisaba los pases.  Imbuidos de la rutina dos agentes hablaban entre ellos apoyados en la parte delantera del coche. El movimiento de furgonetas entre los almacenes y alrededor del edificio principal comenzaba a trasegar el frío ambiente nocturno.  En la puerta número cuatro de la plaza central, un hombre espigado con un mostacho recortado y tez morena retiraba pilas de cajas vacías de uno de los laterales de la puerta cuando su furgoneta apareció dando marcha atrás para acoplarse al muelle de carga. Poco después, el hombre del mostacho dio unas indicaciones a un muchacho que conducía un elevador que, en pocos segundos, se puso en marcha en busca de las cajas de naranjas apiladas en el almacén.  Mientras el elevador introducía las cajas en la boca de la furgoneta, los hombres arreglaban cuentas. El mayorista hacía números en una mesita ubicada en un rincón entre la mercancía: “Cinco mil cajas, pues son dos mil quinientos”, dijo. Entonces él sacó un sobre del forro interior de la chamarra y,  al tiempo que se lo entregaba, reanudaba la conversación que les había ocupado desde su llegada: “Al final, los pequeños hemos de apostar por grandes cantidades. No queda otro remedio. Espero que les pille por sorpresa y no tengan tiempo de reaccionar. Tengo margen para ajustar los precios al máximo.” El hombre del mostacho recortado mientras tanto tañía otro instrumento muy diferente al que llegaba a sus oídos y, centrado en el recuento del dinero, mascullaba unos números entre dientes mientras asentía levemente con la cabeza al ver pasar los billetes. Al llegar al final y encontrar dos de los grandes, levantó la mirada y la clavó en los ojos del comerciante: “Bueno, viene hoy todo bastante atado”, dijo. Pero el otro quiso pasar el trago lo más pronto posible sin más explicaciones: “¿Va todo bien?”  El comerciante no contestó, tan sólo apartó la mirada, metió los dos billetes grandes en una pequeña gaveta e introdujo los demás de nuevo en el sobre al tiempo que, con voz más relajada y sentenciosa comentaba: “El mercado está cada vez más reticente a estos billetes…, pero nosotros no podemos recelar entre nosotros, ¿verdad? Llevamos ya demasiado tiempo juntos en el negocio”. Y le tendió la mano, y él notó aquella mano de dedos largos y duros apretando su mano pequeña y rolliza en un gesto sonriente que no dejaba soltar toda la risa que podía dejar un trato cualquiera de cualquier mañana de cualquier invierno, sino que había sido penetrada por la última frase pronunciada hasta convertirse en una sonrisa ciega sostenida más tiempo del necesario. Luego, él también esbozó una sonrisa teatral y, sin más, subió a la furgoneta. 
Durante los tres días siguientes el ajetreo del negocio no le permitió pensar en nada más. Había vendido todas las naranjas y hallado nuevos clientes abducidos por el reclamo de su oferta inigualable. El sueño y el cansancio que lo conducían al llegar a casa cada anochecer ahogaban continuas y perseverantes alusiones de su recuerdo a aquel lunes pasado. Sin embargo, después de aquellos días de profundo trasiego, el silencio se hizo de nuevo en la blanca cocina que lo esperaba a altas horas de la noche, en la que su madre le había cocinado las tortas de bacalao que tanto le habían fascinado desde que tenía uso de razón, pero esta vez sin poder contener las ganas de liberar de su mente hermética la patraña cometida en aquellos últimos días. Y así fue como su madre entendió que su hijo aún no había abandonado el espíritu jocoso y endiablado de su infancia, pero ahora reconvertido en una astucia y una bravuconería sin límites sobre los que asentar un poco de sentido común.
- ¿Estás seguro de que iba en el sobre? –le preguntó ella con aire de incredulidad.
Pero la memoria ya le había jugado una mala pasada y ahora él no podía asegurar haber introducido el billete falso en el sobre del lunes.
- Esos hombres se han reído de ti -dijo su madre, confiando en la voz de la supervivencia-. Te puedes meter en un buen lío, así que deberías llevar esos billetes al banco y comprobar si aún tienes entre tus manos ese billete. No debes temer nada si dices la verdad. Ellos lo retirarán y toda la broma habrá acabado.  
Él seguía con la cabeza inclinada fijando la vista en el centro del plato de tortas de bacalao, devorando mecánicamente una tras otra, absorto en el pensamiento que repentinamente le había sobrevenido y que acababa de desintegrar, antes acaso de llegar a ser contemplada como una posibilidad tangible, la razonable propuesta que acababa de hacer su madre.
El día siguiente era jueves. Mientras conducía abriéndose paso en la oscuridad de la carretera, aún sentía en su estómago el hartazgo de la noche anterior, y aún el momento definitivo en que vio la luz y entendió que debía resolver su angustiosa situación cuanto antes. No había querido esperar, y así, había tomado los dos sobres y preparado las dos compras del día, de dos mil quinientos cada una, entregado al ciego determinismo en que había quedado sumergido por la razón de los acontecimientos.
Aquel día la actividad en el mercado era relajada, típica en un día entre semana en que la mayor parte del género había sido vendida y en el que la población ya había consumido la mitad de las provisiones semanales. El alba ya rayaba el horizonte, pero la oscuridad aún reinaba entre los edificios bajos del mercado central. El almacén número cuatro ya había abierto el portón trasero y la furgoneta se había instalado de espaldas al muelle de carga. El hombre del mostacho recortado se hallaba en el interior en torno a una pequeña báscula cuando se percató de que estaba allí tras él. Entonces las palabras fueron rápidas, él habló de los últimos días, de sus rápidas ventas y de su nueva experiencia. El otro escuchó atentamente, y tan solo abrió la boca para preguntar “cuánto”. A renglón seguido habló con una rotundidad que desplomó todo su optimismo de golpe: “Sólo puedo vender cuatrocientos. Hoy tengo toda la mercancía comprometida.” Y dejó escapar la mirada hacia fuera, antes de girarse de  nuevo hacia los pesos de la báscula.
De modo que, cuando menos lo había esperado, su alma había sido sacudida por un negro presagio y la certeza de la sospecha comenzó a hacer estragos en la determinación con que había entrado en el recinto. Y sin embargo, había algo, un ciego impulso frenético, que lo lanzaba al abismo, como si supiera que, resultara como resultara, ya había sido escrito en algún lugar de su destino fatal que aquella situación inevitablemente debía encontrar su punto final aquel mismo día en aquel mismo lugar.
El destino era el almacén número siete, en el extremo opuesto de la plaza central. Tuvo que esperar para que un tipo menudo y grácil pudiera atenderlo con la cordialidad y la confianza con que se saludan los hombres que han compartido buenos negocios. Pero él no pudo contener la prisa y, cambiando continuamente la conversación, acabó declarando sus nuevas intenciones: “Me quiero hacer con el mercado de algunos productos. De otra forma no podremos sobrevivir los pequeños...” El mayorista reculó tras oír la cantidad: “cuatro mil quilos son muchas cajas, amigo”, y lo miró un tanto perplejo, hasta que el otro sonrió y soltó el brazo para posarlo sobre su hombro y así sellar con el contacto físico la amistad que se les suponía y que debía espantar cualquier indecisión.
Y de nuevo, los billetes comenzaron a pasar del fajo a la mesa, uno a uno, mientras el pequeño hombre de enormes y abiertos ojos verdes contaba y sumaba. Pero esta vez ya había detectado el color púrpura al fondo del paquete, de modo que el tiempo jugó a su favor, hasta el momento en que llegó a ellos y dio el alto a su cantinela: “Bueno, Tomás, no debería tomar estos billetes. ¿Sabes? El lunes pasaron billetes falsos”. Pero el otro ya se había lanzado a la mayor de sus odiseas: la de la mentira, aun sabiendo en su fuero interno que después de aquella nunca más regresaría a su Ítaca. “Pero amigo, ¿cómo puedes dudar de lo que te traigo? ¿Crees que yo te puedo traer moneda de la que no estoy seguro? Yo tengo mis máquinas y mis técnicas para comprobar todo lo que me llega a las manos…  Deberías hacerte de una de esas y así no sembrar más incertidumbre sobre los mejores compradores que tienes.”
El vendedor lo miró una vez más a los ojos, antes de aceptar y dar la señal a un joven de rostro duro que se encontraba detrás de ellos atento a la conversación: “Cien cajas”, le dijo. Entonces él se volvió y lo vio allí de pie detrás de ellos, y comprendió que aquel individuo había sido testigo de todos los detalles de la transacción. “¿Y este?”, preguntó con ligera inquietud. “Ah, tranquilo, es un pariente. El mozo de carga lleva tres días en cama sin poder moverse… Aprende a su ritmo, ya sabes, los comienzos no son fáciles para nadie.” Acto seguido el elevador comenzó a trasladar la mercancía a la furgoneta mientras él, subido en el vagón, iba disponiendo en la carga las cajas con una celeridad nerviosa pero pausada. Luego, saltó fuera y se despidió del pequeño hombre con una sonrisa abierta y un apretón de manos.
El sábado a las dos de la tarde, los primeros días de la semana ya habían sido olvidados. Nada quedaba de aquellos angustiosos momentos vividos y ahora era tiempo de saldar las deudas. Cuando llegó al mesón no encontró a ninguno de los otros. Tuvo que esperar apostado en la barra sobre un taburete de aluminio conversando con unos y otros conocidos, mientras comía algunas tapas para saciar el hambre acumulada de la mañana. Una hora y media más tarde, los seis hombres ya habían cerrado el círculo en torno a una mesa.  Habían bajado el volumen para las confidencias, a pesar de que alrededor de ellos ninguna de las mesas estaba ocupada. Los detalles de la historia fueron cayendo poco a poco, adulterados por la alegría de la liberación y el sentimiento de triunfo; algunos preguntaban los pormenores, la mayoría simplemente escuchaba en una socarrona perplejidad. Luego, llegó el momento en que él sacó dos billetes de cincuenta euros y los colocó encima de la mesa: “Aquí tenéis, mi parte del trato.” Pidió otra botella de licor y entonces el ánimo comenzó a subir, con la alegría que daba pensar que seis días atrás ninguno de ellos había imaginado que aquel billete falso, con el que se habían amenizado tantas reuniones, con las más variadas apuestas y asertos sobre su autenticidad, de buenas a primeras pudiera ser introducido en el mercado, con el riesgo que ello conllevaba, y mucho menos, que aquel papel les reportara un beneficio. De manera que después de todo él se supo fuerte y valeroso, capaz de arriesgar y de hacer frente a nuevos desafíos, y el pulso se le aceleró con el alcohol, hasta que, cuando menos lo esperaba, sucedió algo que lo dejó fuera de lugar.
Fue una cara, una simple cara, un hombre con el que, desde el mostrador, y por una remota casualidad, había cruzado una mirada. Desde entonces, su mente no logró centrar la atención de ninguna de las múltiples conversaciones que corrían en diagonales aleatorias entre los vértices dispersos de la reunión, perdido entre la neblina que le había provocado el alcohol en su cabeza, todo lo cual comenzó a sumirle en un desasosiego que poco a poco fue creciendo en su interior. Uno de los otros de repente lo miró y notó que algo extraño ocurría en su cara. Entonces se levantó y se colocó a su lado, le tendió el brazo sobre el hombro y, adoptando una pose paternalista, se ofreció a ser el confidente de sus zozobras. Pero su mirada ya se había trastornado y sus ojos comenzaron a mostrar toda la sangre que circulaba tras ellos. “Ese tipo, ese tipo, cómo…” Porque su recuerdo ya acababa de condescender con él, y de pronto en el centro de su mente vio al mozo de carga que miraba por detrás de su hombro cómo los billetes purpúreos se detenían frente al dueño del almacén, cómo las palabras se demoraban y los gestos eran meditados. Allí había aparecido su rostro entre la gente, inexplicablemente. Y entonces volvió la cabeza, miró de nuevo a la barra y esperó a que aquella cara volviera a dirigirle la mirada, una mirada tranquila y segura, que se apartó con la prisa necesaria para hacer de aquel encuentro visual tan sólo una fugacidad de la tarde. Solo que entonces él, con una determinación impropia de la ocasión, ya se había levantado y se había presentado ante aquel individuo para conocer cara a cara qué demonios hacía en aquel lugar.
Pero fue el otro fue quien se antepuso a cualquier malentendido verbal y con un movimiento firme de su mano atajó todo imprevisto, como si con la palma de la mano hubiera detenido en el aire la frase que él se disponía a decir.  “¿Puedo hablar contigo de un tema importante en otro lugar”.  “Vamos fuera”, dijo él con determinación.
Y aquellas fueron las últimas palabras que intercambiaron ambos, pues a diez metros de la puerta del mesón, dos hombres sólo tuvieron que pronunciar su nombre para que el joven desapareciera de allí ipso facto y para que él quedara paralizado ante aquella interpelación extraña pero reveladora. Dos horas más tarde, en comisaría, una vez leídos los cargos, comenzaría a salir de aquella turbación paralizante, para moverse en la dirección del pasado lejano y hurgar en el recuerdo de aquellos billetes de quinientos. Allí en el fondo de su memoria encontró por fin el fiel y amigable trato con el que, cuatro meses antes, había vendido su antiguo automóvil a su amigo el Bigotes, allí fue donde deseó con todas sus fuerzas no haberlo recordado nunca, y, por la misma razón, que los demonios se lo llevaran para siempre.
La mañana del domingo fue soleada. En el mesón todos se habían hecho eco de la noticia. La tranquilidad y el silencio sólo eran interrumpidos por el rugido de la máquina del café. Entre los instigadores de la apuesta surgían tímidas conversaciones.
- Al parecer el lunes introdujo dos billetes falsos. Luego le siguieron la pista. Hasta  que volvió con más, el miércoles. Esta vez fueron tres, falsos también.
- Dicen que para entonces ya todo el mercado lo sabía. Había una denuncia. Y entonces la policía introdujo a un agente. El tipo aquel. ¿Quién lo habría dicho?
- Es extraño. ¿Cómo habrían llegado a sus manos tantos billetes falsos?



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