"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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jueves, 6 de septiembre de 2012

CERBERO

J.A.Nisa
Había dientes entre las cenizas. No los alcanzaría el fuego, al amparo de algún rescoldo irredento. Luego llegó él y esparció las cenizas con una escoba de palma. Pero ella ya los había visto. Fue adentro y llamó a la chica de la limpieza. Había estado toda la mañana en la casa. Quizá hubiese visto algo. Pero la chica le tenía miedo. Miedo a su mirada, a la ferocidad de su voz. Y dijo no haber visto nada. “Entiendo”, dijo ella, pues ya había entendido su mirada de terror.
Lo espió durante los siguientes tres días. Estudió sus movimientos, revisó sus lecturas, escrutó sus mil caras, pero no encontró ningún atisbo de locura, o de secretismo, ni alteración alguna en su comportamiento. A la cuarta  noche, unos ladridos la despertaron. Se despertó pensando que había sido un sueño. Entonces se despabiló, penetró en la realidad de la noche y se acercó a la ventana convencida de que había sido un animal. Abrió las hojas de la ventana y permaneció algunos minutos recibiendo el fresco de la noche en la cara. Se había levantado una desafiante brisa nocturna. Los árboles murmuraban en el silencio. Recordó entonces que Cerbero había dejado de ladrar hacía más de un mes, quizá por su enfermedad, aquellas manchas extrañas. Y lo buscó con la mirada por alrededor de la perrera. No vio nada, y volvió a la cama, convencida por la razón de sus sentidos. No pudo dormir en varias horas, revolviéndose entre las sábanas. A la mañana siguiente, los primeros rayos de sol no lograron quebrar su letargo. Y era ya cerca de mediodía cuando un nuevo ladrido se introdujo entre sus sueños. De pronto oyó la voz del pequeño Daniel, e inesperadamente, de nuevo la imagen de los dientes entre la hoguera le ofuscó la razón. Entonces se acercó a la ventana y vio a Daniel acariciando a un pequeño pastor alemán. A su lado estaba él, con su sombrero gris, con su sonrisa extendida sobre los rayos luminosos de mediodía. Aquella escena le provocó una reacción extraña, como si una recién olvidada pesadilla le azotara, y acudió abajo con presteza, poseída por un pensamiento siniestro e ineludible. Entonces gritó:“¡Cerbero! ¡Cerbero! ¿Dónde está Cerbero?”, y lo volvió a repetir, presa de la exaltación. Daniel no la miró, abstraído con su nuevo compañero. Sin embargo, él, viéndola fuera de sí, se dirigió hacia ella con cara furiosa, conminándole a que se callara. Pero ella se dirigió corriendo hacia la hoguera apagada, y con una vara comenzó a remover la ceniza, al tiempo que llamaba una y otra vez a Cerbero. Al fin él la alcanzó y se abalanzó sobre ella, abrazándola por detrás, paralizándola y chistándole en el oído. “Cerbero ha vuelto a los infiernos. Los demonios se lo llevaron. ¿Comprendes?” , dijo él con su voz térrea. Al fondo Daniel abría sus brazos al pequeño pastor alemán. Entonces ella bajó la mirada y, llena de horror, volvió a pronunciar para sí aquel nombre.

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