"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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domingo, 7 de octubre de 2012

LA REINA DE LOS MARES

 José Antonio Nisa
Antes de sucumbir a la suerte del destino, cuando ya dos meses en altamar comenzaban a hacer real la posibilidad de morir por inanición, el capitán de la fragata Conrad se levantó de su cama con la decidida pretensión de escribir la historia que le había acontecido en aquellas últimas semanas. Tal fue la idea que le acechó durante el sueño de aquella noche. Allí, encerrado sin remedio en su camarote, comenzó a escribir la historia que años más tarde nos haría dudar de la plenitud de juicio de su autor, pero que, como paradigma de religiones, no podemos desmerecer.

“El viento del crepúsculo soplaba en la mar calma. Como acostumbraba hacer en los atardeceres en que me hallaba imbuido de una angustiosa melancolía, había salido a cubierta y me encontraba apoyado en el pretil de la borda; allí lloraba la ausencia de mis amantes, tantas, tan dispersas, y tan lejos, endulzando mis deseos impotentes con lágrimas negras de pirata malo, cuando, de repente, atisbé una especie de pez gigante que se movía delante de mis ojos, muy cerca de la superficie. Me incorporé y me puse en alerta. Sin embargo, de inmediato quedé hipnotizado por mis propios sentidos al no poder digerir aquello que veía: de la superficie del mar comenzó a brotar un ser celestial que enseguida reconocí. Era ella: la túnica turquesa, el cabello negro, los ojos azules, las delicadas manos, la estrella coronando la brillante diadema, sus piernas fundiéndose en el mar…, no había duda. “¡Jemanjá!”, grité. Y entonces ella, acercándose a mí, me ofreció su mano en la que portaba un pequeño cofre que entendí que debía tomar. Quedé completamente mudo, como si mi lengua hubiera quedado enredada en un nudo de perplejidad. Luego la mujer desapareció y yo quedé conmocionado con aquella aparición fugaz. Pasados unos minutos comencé a comprender que la reina de los mares había aparecido para hacerme un regalo. Yo había sido el ser elegido por la diosa, y en aquella caja habría un mensaje para los hombres, para los marineros, o tal vez para el mundo. Entonces, saliendo de aquel estupor, sin perder un segundo, me apresuré a abrir el pequeño cofre con una expectación nerviosa y unos dedos temblorosos que al principio no atinaban a encontrar el modo de destapar aquel objeto. Lo logré por fin, y con la misma rapidez que había deseado abrir la caja, toda mi ilusión se desvaneció de pronto. Aquella caja estaba vacía. En el fondo se veía un círculo negro del tamaño de una moneda, pero al tocarlo no distinguí en ningún modo su tacto del resto y me desentendí de él. Me quedé un rato pensativo, contemplando aquella caja de metal, en cuya lisa superficie no había incrustaciones, ni más ornamentación que aquel enigmático círculo negro de su interior. Y sin embargo, al momento comencé a sentir un estado de plenitud en mi interior que creo que nunca jamás había sentido. Quedé sumido en una especie de contento por la vida, por todo lo que me rodeaba, por mis circunstancias; miré al cielo y sentí una suerte de placer al contemplar la belleza de las escasas nubes que se deshacían con las luces del día. No podía explicarme lo que me ocurría, pero di la bienvenida a aquellas sensaciones que no sospechaba que iban a perdurar mucho más de aquellos escasos segundos en que conservé la caja abierta en mis manos.
Puedo decir que no concebí la magnitud del cambio que había surgido en mí hasta que no entablé contacto con los demás marineros. Sentí que todos ellos eran hermanos míos, amigos íntimos, todos ellos se convirtieron de repente en personas a las que yo comprendía, a las que amaba, con quienes nada podía enemistarme porque en mí había nacido el don del perdón. Y si bien al principio les oculté de dónde procedía la misma, aquellos sentimientos fraternales me hicieron ofrecerles la caja a todos ellos.
Me di cuenta de inmediato que el efecto que había producido la caja en toda la tripulación era exactamente el mismo que había producido en mí. En adelante, las relaciones entre los hombres que habitaban el barco fulguraron con una hermosa fraternidad, como si de una misma madre y por una misma idea todos nos reuniéramos, siendo guiados por la compasión, la tolerancia, la solidaridad, de una manera impensable días antes.
Cuando conté mi historia a los hombres, todos estuvieron de acuerdo en que debíamos dibujar la imagen que yo había descrito de Jemanjá y darle las gracias día y noche por la vida que nos había dado, por todo su amor, por la sonrisa que nos había hecho aflorar y por toda la gracia que había depositado en nosotros. Nos habíamos convertido de la noche a la mañana en devotos de la reina de los mares y como tales comenzamos a actuar.
Y si ahora cuento esto es porque la lógica y la misma naturaleza de las cosas me hicieron entender el cambio sustancial que aquella caja había causado en nosotros. Una mañana en que desperté antes del amanecer, abrí los ojos y con la tenue luz de la luna que entraba por el ojo de buey observé la caja encima de la cómoda. Entonces mis pensamientos regresaron a días antes de la aparición y comencé a recordar los deseos que me poseían, cómo por entonces una angustia colapsaba mi corazón ante el ardiente deseo de ver a mis amantes, cómo deseaba llegar a puerto, y me empleaba con rigor con la tripulación y la espoleaba y la obligaba a observar las normas del barco con severidad. Y, en aquel preciso instante, volví a pensar en mis amantes y sentí que no las deseaba con el ardor de antes, y tan sólo me sentía feliz por haberlas conocido, y las visiones que brotaban en mi cabeza en las que ellas eran poseídas por las manos desconocidas de otros marineros no sólo no me sublevaban el espíritu, sino que además me conformaban con una suerte de placidez. Entonces sentí el rumor del mar tras el silencio del barco y supe que ningún marinero había despertado aún porque la noche anterior se habían entregado a los placeres del juego y del vino, sin roces, sin peleas, todo en una balsa de hermanamiento. Entonces entendí que aquella caja había absorbido mis deseos y los deseos de toda la tripulación. Y aquello había sido el origen de una vida de paz y serenidad en que todos se habían entregado a la cordialidad, a la amistad y a la devoción de nuestra nueva deidad.
Sin embargo, aquel silencio y aquel rumor de las olas sobre el costado de mi camarote me trajeron asimismo un pensamiento fatal. Esperé la salida del sol, momento en que me incorporé, me vestí, salí del camarote y me dirigí a la cabina de mando. Extraje el sextante y medí. Efectivamente, justo como había sospechado, llevábamos varios días que apenas avanzábamos en el mar, y sin embargo, sabía que pronto las provisiones comenzarían a escasear, a pesar de la feliz inconsciencia de la tripulación, que parecía no haberse percatado de aquel hecho. En aquel instante descubrí que la situación nos obligaba a ponernos manos a la obra con urgencia. Y sin embargo, ¿cómo podría entusiasmar a una tripulación que llevaba diez días ensimismada en su propia complacencia, que había dejado de preocuparse por el rumbo que debíamos seguir y se entregaba a los placeres de la compañía, al sueño y a la sonrisa fatua?, pensaba.
Como si la razón de repente me hubiera despertado, bajé al camarote y volví a abrir la caja, dispuesto a buscar la forma de revertir el efecto tan nocivo que había producido la caja en la tripulación. De inmediato se me ocurrió una idea siniestra. Quizá impulsado por aquellas teorías taoístas de las dualidades que siempre me fascinaron, tomé una vela y coloqué la llama contra el enigmático punto negro del interior de la caja, del cual comenzó a gotear un viscoso líquido negro semejante al petróleo que cayó en el suelo. Si bien, al principio, no me percaté de ningún cambio, nada más subir a cubierta y ver a tres marineros sentados frente a la imagen de Jemanjá, un sentimiento de vergüenza me recorrió de arriba abajo. Entonces me di cuenta de que la tensión había vuelto a mi alma. Grité a aquellos hombres que se levantaran de allí y se pusieran manos a la obra. Había que desplegar velas, limpiar la cubierta, rehacer la estiba, y todas las tareas de las que nos habíamos desentendido en aquellos días. Me acerqué a ellos y noté que el brillo en sus ojos había desaparecido y, tal como yo me dirigí a ellos, sentí que, lejos de mirarme, volvían la mirada y se apresuraban a huir de mis órdenes, poniéndose manos a la obra cada uno en su tarea.
Aquel fue el comienzo del reencuentro con el estado normal de las cosas, la reposición del espíritu guerrero de los marineros, el regreso del fluir normal de la vida en nuestra nave. Y sin embargo, algo aún permanecía elevado sobre nuestras cabezas: nadie se atrevía a profanar a la reina de los mares eliminando aquella imagen. En los días siguientes observé cómo todos los atardeceres los marineros se congregaban en torno a la imagen y oraban. Tras la oración, hablaban entre ellos y algunas veces discutían sobre un asunto que yo no podía sospechar.
La mañana de hace tres días descubrí qué asunto era aquel que se traían entre manos tras aquellos momentos de oración. Acababa de subir de la bodega y uno de los guardias de puente me esperaba justo en la boca de las escaleras. Al subir y acercarme le pregunté si ocurría algo. Él me preguntó sin titubeos si yo ya no era devoto de Jemanjá, pues desde hacía unos días no me veían orar ni dirigirme a la diosa con el respeto que se merece. Verdaderamente no sabía qué había ocurrido en mi interior para que se produjera aquella transformación, pero no quise rehuir de una respuesta y, sin llegar a contarle lo que había hecho con la caja, le contesté que entendía que en aquel momento Jemanjá no me podía aportar ningún beneficio. El guardia me miró fijamente; yo percibí una mirada de desacato, al tiempo que sus ojos me herían con un odio mayor que las palabras con que me respondió, para marcharse inmediatamente de mi lado. “Hereje. Eres un hereje”, me dijo. Y antes de desaparecer me hizo comprender de qué asuntos hablaban aquellos atardeceres de oración y comprendí que aquellos hombres habían dejado de ser mansos para convertirse en nuevos guerreros, pero ahora ya no del mar sino en guerreros de la diosa Jemanjá.
Ayer salí a cubierta y fui rodeado por toda la tripulación. Ya había presentido aquel final, pues como digo, los ojos de los hombres no mienten. El guardia de puente, que parecía haber tomado el mando de aquellos hombres, habló para decirme que yo ya no era el capitán de la nave. No hubo lugar a réplica. Intenté hablar y contarles todo lo que había descubierto, pero me taparon la boca y me amordazaron. Decidieron no acabar conmigo, y me encerraron en mi camarote, hasta nuevas noticias.
Hace dos días tendríamos que haber llegado a tierra, pero la consigna del nuevo capitán es la de seguir en alta mar hasta que Jemanjá nos dé nuevas indicaciones. Las provisiones se acaban y Jemanjá no vuelve a hablar. Y ahora, en este estado tan penoso, cuando ya todo apunta al fin, me maldigo, por haber quebrado la felicidad y haber matado la mansedumbre de los hombres. Y hora tras hora, sigo dándole vueltas a la maldita caja, y le pido por todos los santos, que me devuelva de nuevo la paz, aunque sea para morir en medio del mar, a los ojos de Jemanjá.”

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