"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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domingo, 14 de julio de 2013

LEE A CONTAZAR (II)



La volví a ver, con ese nombre de mujer envejecida envenenada a punto de deshacerse entre el polvo blanco de la nada. Yo estaba en el vano de la puerta, y desde allí en la estantería, tirante de un hilillo de luz que devolvía el lomo reluciente, me ha llamado, como una Mesalina oculta entre velos sedosos que cosquillea el aire con el dedo y tú la sientes cual ángel penetra entre tus infiernos intestinos, antes de acudir hacia ella hipnotizado. Y allí la sacaba de su historia: doquiera abres, doquiera lees, allí un encanto de Rayuela que provoca, evoca y desboca los caballos:
“¿Por qué stop? Por miedo de empezar las fabricaciones, son tan fáciles. Sacás una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, los atás con ayuda de palabras, perras negras, y resulta que te quiero. Total parcial: te quiero. Total general: te amo. Así viven muchos amigos míos, sin hablar de un tío y dos primos, convencidos del amor-que-sienten-por-sus-esposas. De la palabra a los actos, che; en general sin verba no hay res. Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al verse. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.” 

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