"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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martes, 9 de julio de 2013

COMO CAIDO DEL CIELO (Fábula)



Entre el juncal del lago había un pato enfermo. Los demás patos lo rodeaban y lo consolaban intentando animarlo, sin tener idea de cuál era el mal que lo afligía ni saber exactamente cómo hacer para curarlo. Le habían traído un par de peces del lago para que lo comiera, pero el enfermo había perdido el apetito; también le habían ofrecido una tisana que el pato abuelo había preparado como remedio infalible, pero el pobre patito medio desfallecido no podía abrir su pico, ya oscurecido y afeado por su enfermedad. Así que, ante tan trágico panorama, los patos se reunieron en consejo y tomaron una resolución: pedir ayuda a algún humano. Era una decisión arriesgada, si no suicida, que a algunos no gustó en absoluto, tanto más cuanto que sabían que el morador de la cabaña al otro lado de la montaña no era otro que uno de los cazadores que rondaban el lago las mañanas soleadas de domingo, día oficial de caza. Pero la voz del sabio abuelo se impuso sobremanera con su sentencia inapelable: el cazador ama a los patos tanto como ama derribarlos con su escopeta en su vuelo libre. De modo que cuatro patos fueron comisionados para acudir en busca de la esperada ayuda.
Cuando el cazador abrió la puerta y vio a tantos patos juntos en el umbral, tuvo la impresión de haber sido premiado por la Providencia gracias a la paciencia estéril que había depositado en la Fortuna durante los últimos meses, en los que su mujer había pasado no pocas dificultades para llenar la olla. Sin embargo, contra lo que cabía esperar en su estado de necesidad, no se le pasó por la cabeza aprovechar aquella ocasión para darse un festín de patos, sino que, como si de pronto hubiera penetrado en un sueño infantil, fijó su atención en aquellos animales, observando a través de sus ojos una tristeza que le traspasó. Aquel velo triste que recorría al grupo de patos le disuadió de su primer impulso paticida, y así el sentimiento del deber profesional se transformó como por arte de magia en un sentimiento de deber de auxilio. De modo que el hombre atendió al lamento de aquel enfermo lo mejor que pudo, olvidando las piezas de caza que tenía ante sus ojos. Lo colocó sobre su mesa, miró su cuello, destapó su tripa, palpándolo y examinándolo con detenimiento, y finalmente concluyó que la única causa de enfermedad de un pato en aquella zona era haber ingerido algún veneno de las fumigaciones que en la campiña al pie de las montañas habían lanzado las avionetas. Toda la tarde pasaron allí los patos esperando que el enfermo fuera purgado y reanimado, hasta que, al fin, poco antes de comenzar a caer la noche, el animal revivió. Fue en aquel preciso instante en que la euforia empezaba a recorrer al grupo de patos, cuando aparecieron por la puerta los dos hijos del cazador. Eran dos pequeñuelos famélicos que, al abrir la puerta, quedaron aturdidos ante tal escena. Uno de ellos exclamó: “¡Patos!” con una alegría inusitada. Pero al mirar a su padre se percató de que aquella escena no era, ni mucho menos, motivo de concordia familiar y celebración. El padre, adusto, los hizo entrar en la pieza de al lado. Poco después, los patos abandonaban la cabaña.
Y la normalidad volvió por fin al lago. Y llegó el domingo, día oficial de caza, y, como siempre, el nerviosismo se apoderó de los patos. El cazador se había apostado entre unos setos, esperando la ocasión. En un momento inesperado, una bandada de patos surgió de entre los juncos en dirección al cielo. En aquel instante el cazador debiera haber disparado los dos tiros de rigor, sin embargo, al ver los patos su mente se inundó de imágenes recientes: el pato enfermo, aquel corazón que latía a duras penas, aquellos patos condolientes,… y cayó en un pensamiento nefasto para su condición de cazador. Pensó que aquellos patos, con el espíritu solidario y sacrificado que habían demostrado, capaces de inmolar su vida por la de uno de los suyos, no se merecían morir tan despiadadamente a manos de un cazador hambriento y frívolo como él, que bien podía vivir de los alimentos de la tierra. Entonces apartó la escopeta y encendió un cigarro que acompañara aquel estado en que había quedado sumido, haciéndose valer como hombre, pero no como cazador.
Pero aquellos patos lo habían entendido todo. Supieron que, contra lo que todos los domingos ocurre, aquel día el cazador, en un gesto de piedad, no había querido matar a ninguno de ellos. No tardaron pues, como cabía esperar, en reunirse una vez más en asamblea para hablar de lo sucedido. Y de nuevo, se impuso la voz del pato más anciano que dijo: “Cuando el lago se seca, nosotros volamos hacia otro lugar, pero el hombre no vuela y se arraiga a la tierra, como los árboles. Sólo que un hombre no es un árbol. En conclusión: Hemos de actuar.” Un clamor apoyó finalmente aquella sabia sentencia.
Y a la semana siguiente, cuando ya la altura del sol anunciaba los días de la canícula, todos los patos de la zona se reunieron para sacrificar su plumaje y así rendir cuentas a la gratitud y al honor de ser patos antes que animales. Y todos ellos hicieron depósito sobre un gran saco blanco de diferentes plumas de cola de pato, reuniéndolas en una amalgama de plateado, verde, turquesa, blanco, lila y negro, de una belleza inaudita que envolvieron y quisieron ofrecer al cazador como valioso jergón. Inmediatamente partieron en un vuelo airoso, sosteniendo con sus picos el jergón bajo el cielo, en dirección a la cabaña. Al sobrevolar la morada del cazador, dejaron caer aquel regalo que fue a parar justo sobre los tendidos de ropa. Cuando al salir de la cabaña, la esposa del cazador se percató de aquel jergón, quedó anonadada, pues no podía entender cómo podía haber sucedido aquella maravilla. Entonces entró y, casi sin palabras, le dio la noticia a su marido: “Ha caído del cielo”, dijo. El marido no entendió nada, pero ella, entretanto, comenzó a echar cuentas y pensó en las ganancias que les podía reportar un jergón de plumón de pato, cuya hermosura sólo los príncipes y los señores acaudalados podrían pagar. Sin embargo, aquellas pretensiones se fueron al traste cuando el cazador vio aquello.
Y desde entonces el cazador duerme en un jergón de plumas de cola de pato, como un príncipe. Y tiene buenos sueños, pues una nube, hermana gemela del jergón de los patos allá arriba en los cielos, también regala todos los días su agua de lluvia a los árboles del huerto. Y los frutos y hortalizas con que el cazador sueña en su blanco jergón de pato son ahora reales, tan reales que ya hasta se ha olvidado de cazar patos los domingos, día oficial de caza.


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