"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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sábado, 20 de abril de 2013

UNA ERIS INMADURA



Ella se apresuró a decirlo, cómo no. Porque, como todos descubrirían más tarde, era una Eris inmadura, y no podía más que presentarse en sociedad como tal, como el ser más intrigante. Así que lo dijo, sacando una risa de su prepotencia, un sentimiento de superioridad que aún, a aquellas alturas de su vida, no había sido validado por los avatares de la vida, pero que se erguía como la cabeza de una serpiente justo antes de atacar a su víctima. Y los demás oyeron lo que oyeron, y quedaron perplejos porque no podían esperar jamás que las dos amantes fueran del mismo sexo, conociéndolas a ambas en su campo individual, nada sospechoso. Y entonces todos la miraron e interrogaron con la mirada, preguntándole si de veras era cierto lo que decía. Pero ella no sólo lo volvió a afirmar, sino que, de nuevo, con una seguridad insultante en sus palabras, redirigiendo su perversidad hacia el foco irrefutable, dijo: “Observad, ahí vienen”.
Y aparecieron en escena aquellas mariposas, para el asombro de todos los presentes, y la luz del sol comenzó a resplandecer intermitente en sus alas voluptuosas, y un baile primigenio brotó del movimiento de aquellas dos criaturas, y se fueron acercando cada vez más, oscilando de un lado a otro de la reunión, sobrevolando las cabezas extrañadas, las miradas extasiadas ante tal maravillosa danza. Y de repente las mariposas se posaron frente a ella, la Eris inmadura, y allí quedaron unidas por sus trompas, intercambiando los néctares del deseo, mientras hacían un guiño cómplice con sus alas irisadas, impertérritas en aquella posición durante el tiempo en que todos los presentes la miraron con cara de sorpresa, preguntándole qué extraño fenómeno ocurría y qué explicación daba a aquello. Pero entonces, ella, lejos de sucumbir al espectáculo de belleza que a todos anonadaba, se levantó de su asiento, y dijo: “Os lo advertí: es algo antinatural y bochornoso.” Y se fue, volando con sus alas negras y zumbando al viento su orgullo impasible. Las orugas, incrédulas, se dispersaron por las ramas ralas de la primavera, embargadas por aquel anhelo edificante de las alas y de la libertad necesaria para comprender algún día aquella suerte de amor insobornable.  

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