"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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domingo, 7 de abril de 2013

EL BRILLO DE SUS OJOS



Después de la primera caída, poco a poco fue olvidando todo: aquel beso, o aquella melodía tierna y cavernaria que había oído infinidad de veces en la oscuridad entre el brillo de sus ojos. Al final el tiempo terminó borrando todas las huellas de su alma, demostrando, como siempre, que la paciencia no tiene límites cuando se trata de sobrevivir. De modo que aprendió a esperar con el vacío en las manos, con la sonata angustiosa de la noche, entregado a la posibilidad de cualquier cosa errabunda que pasara para quedarse con él en esas horas de juventud abandonada. Y entonces llegaron ellos: los búfalos.
Se movían en manada, con un movimiento uniforme, soltando bramidos de placer entre la lujuria desenfrenada, violenta, que exhibían por las calles, por las esquinas encogidas a su paso. Eran búfalos, por oposición a la identidad indefinida que los hombres asignan a los desheredados de la patria, y eran fieles guerreros, y se amaban como se aman los guerreros ante el miedo a la inexistencia. Y entonces ellos se posaron en su atención vaga e inocente con la naturalidad con que se posa un pájaro en el alféizar de la ventana. Y ellos correspondieron la mirada perdida de aquel ser perdido y, desde aquel momento, él quedó cazado. El viernes a las tres. Allí estaría él, sin falta.
Como no cabía esperar de otra forma, aquellos búfalos se saludaban chocándose la cabeza con un golpe seco, como salvajes iniciadores de una ronda cruel. Tal era el saludo del lugar. Con alegría y hospitalidad, el invitado fue presentado a todos los miembros, uno a uno, y con todos debía chocar su testa impoluta como aceptación del brindis de acogida. A las tres de la madrugada, cuando el éxtasis de la comunión se había consumido, el invitado había llegado a ese estado de ebriedad que sofoca todos los dolores físicos y solivianta los adormilados dolores del alma. Fue entonces cuando, aún rodeado de búfalos, una sensación de soledad le recorrió inesperadamente y quiso abandonar aquella caterva. Comprendió entonces que tenía la cabeza llena de abolladuras, pero aún así volvió a recorrer el foro para despedirse, prestando de nuevo su testa al incoherente prestigio del pertenecer. Alguien llevó a casa sus despojos.
Aquella noche, entre sueños, a menudo se despertaba súbitamente, se incorporaba y decía muy deprisa: “veintisiete”. Porque, en efecto, los había contado. Y así, ante los ojos de su madre, deliró más de lo que los tiempos de la cordura aconsejan, y siguió repitiendo aquel número: veintisiete señales en su cabeza que lo habían dejado postrado en cama ante la paciencia apasionada de ella. Un día, cuando ya había vaciado todos los números y todos los delirios de su cabeza, despertó. Entonces, aún en la resaca del sueño, como no había hecho nunca en su vida, detuvo sus ojos en ella, y entendió que ella había estado allí todo el tiempo, a su lado, y que, ni en sus más largos viajes ni en sus más remotas ausencias, ella había dejado de estar junto a él.
Pero de súbito, como si hubiera regresado de nuevo a la misma pesadilla, se percató de que al otro lado de la habitación estaban ellos, los búfalos, sonrientes y expectantes, en una reposada actitud de espera. Cuando uno de ellos dio un paso hacia él, se incorporó bruscamente, lanzó sus brazos hacia su madre y la besó. Entonces ellos desaparecieron.
Desde aquel momento, poco a poco, comenzó a recordarlo todo: aquel beso, o aquella melodía tierna y cavernaria que había oído infinidad de veces en la oscuridad entre el brillo de sus ojos.

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