"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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domingo, 14 de abril de 2013

LA HERMANDAD



Después de unos años, Ernesto no sólo recondujo el proyecto de hombre que era, sino que, además, se había convencido de que su alma ya no era la misma. Enterradas en un pasado impronunciable habían quedado las noches inagotables de parranda y las gélidas mañanas en que el alcohol lo conducía desarrapado e insensible a casa, aquellos momentos en que su estado de ebriedad lo sumía en un pozo de sueños donde se diluían las mujeres que había agarrado en la noche, las risas desatadas en la oscuridad, las porquerías ingeridas en el ardor de las luces, y las golferías sin nombre con que había recorrido la ciudad. Atrás quedaron también los quejidos de su madre, los desaires al pasar por delante del viejo, y todas las mentiras que lo justificaban. Fueron años ciegos, sembrados de ilusiones de inmoralidad y de un inútil desapego de todas las convenciones sociales, pero de aquello ya no quedaba nada. Ahora Ernesto sabía que todo aquello había sido la gran infamia de su vida, y procuraba no pensar en ello, pues en él había nacido otro hombre.
Y de alguna manera se había convertido en el hombre más abnegado y entregado de la Hermandad. La mirada de bondad que aún se le transparentaba en sus ojos ya no decía nada, pues Ernesto transmitía a los fieles respeto y temor. Le respetaban por su fe inquebrantable en sus principios, y le temían por su hostigamiento visceral hacia todo lo ajeno a su doctrina, hacia todo lo que viniera de fuera de la institución que él había creado y en la que era consciente del poder que ejercía.
Y sin embargo, como grabado a fuego en una memoria recurrente y maldita, cada vez que en el espejo de su habitación veía su cuello desnudo venía a su cabeza aquella cruz de madera que durante tantos  llevó colgada sobre su pecho, y entonces sentía una vergüenza insoportable, se obnubilaba y maldecía su pasado y aquella letanía pueril: “¿Verdad que no? ¿Verdad que no estoy solo? ¿Verdad que no? Gracias por estar ahí, Dios mío. Sé que no me abandonarás nunca. ¿Qué sería de mí sin ti aquí en esta oscuridad solitaria? Seguro que las alimañas, al saber que no estás tú, me atacarían. Pero ven esta cruz en mi pecho y huyen.” Y entonces, tras aquel recuerdo indeleble, de sus agallas brotaban unas infinitas ansias de venganza y casi instintivamente se golpeaba las sienes con violencia.
Aquella tarde había decidido la expulsión del segundo delegado de la Hermandad. Había sido un conflicto de principios, quizá una confusión, pero él había sido implacable. Cuando lo miró a los ojos con una mirada inquisitoria, no supo defenderse.  “Luchamos por lo mismo”, dijo el joven en tono resignado. Pero él le espetó con un grito:
- ¡No! ¡Ellos también tienen un dios: su dios es el Estado! Y nosotros no tenemos ningún dios, ¿aún no lo has entendido?
Pero ya todo había sido decidido y el primer delegado acompañó al muchacho hasta la puerta. Se miraron y, sin decir palabra, se entendieron.
Aquella noche Ernesto había vuelto a tener la misma pesadilla: Jugaba al fútbol en el jardín de su casa; la hierba de primavera, culminada por una capa de flores rojas, le llegaba a la cintura. Apoyada en el álamo se encontraba María. Gigantesca, con su cabeza a la altura de la copa, lo miraba en posición de espera. Nada de aquello le llamaba la atención. De pronto llegó Don Francisco con su ajada sotana, cogió el balón con las dos manos y le preguntó si había sido bueno. Él miró de pronto a María y esta le devolvió una mirada burlona. Entonces Don Francisco lo mandó a rezar a la iglesia. Pero ahora en la iglesia no había imágenes. No había nada. Y entonces él se sintió feliz.
Se despertó con una grata sensación, pero pronto olvidó el sueño. Poco después del desayuno recibió una visita inesperada. Era un viejo coche que conocía de sobra. Subía por la ladera levantando polvo. Era Don Francisco.
Hacía unos años que no lo veía, pero el viejo no había cambiado. Ya cuarenta años antes tenía el pelo gris. Sus ojos negros y opacos reflejaban la misma mirada, el mismo mensaje de siempre. Sus setenta y cinco años sólo habían hecho estragos sobre su piel, más arrugada y blanca, desteñida y sedosa. Aunque en aquel momento él lo denostara en su voluntad más férrea, el anciano ejercía sobre él una turbación notable, una mezcla entre el sentimiento de amor incondicional y apasionado de un padre a un hijo y una necesidad de transgredir la firme obediencia que aún lo subyugaba a sus palabras y su mirada.
- Sólo vengo a traerte un poco de memoria, Ernesto. Quizá has olvidado que dejaste una esposa y una pequeña de tres años que andan aún buscando tu rastro.
- Ya me despedí de ellos. Son parte de mi pasado. Y yo dejé el pasado allí en la ciudad, antes de partir hacia mi nueva vida. Sin olvido no puede haber ruptura, y yo he tenido que romper con todo. La desmemoria es lo único que podrá desatarnos de la moral. 
- Ya me hablaron de esta Hermandad. Reconozco que al principio no lo pude creer: tú, un triste ser amoral sometido a este ateísmo incongruente. Pero… ¿qué vida es esta Ernesto? No veo la felicidad en tus ojos.
- Padre, ya no soy aquel muchacho que usted conoció. Pasé media vida viviendo en el error, y ahora vivo la otra media rectificándolo. Déjeme ser. Es ley de vida. Sepa que lamento profundamente que ellos hayan sido también parte del error.
- No puedo creer lo que oigo. Pero… No es ya cuestión de moral, se trata de humanidad. Tú quieres vivir sin moral, sin dioses, y sin embargo, estás hiriendo a la humanidad, a esa humanidad de carne y hueso que está allí abajo. He ahí tu gran error: eres un mal ejemplo para tu doctrina. Tú, que eres un chico bueno, que fuiste el mejor, y supiste ganarlo todo siendo así. ¿Por qué lo tiras todo por la borda?
Los colores subieron en la cara de Ernesto para iluminar su vergüenza ante aquellas palabras del anciano.
- Padre Francisco, ya pasé diez años de mi vida en contacto con Dios, con vuestro Dios. ¿No le pareció suficiente? ¡Cuánta teología aprendí! ¡Cuánto engaño vi con mis ojos! Y todo para al final descubrir tristemente que el mayor enemigo de Cristo se encuentra en la misma Iglesia. Sí, cómo ha envenenado la Iglesia la moral de Cristo durante siglos y siglos de historia. Y los hijos de ese envenenamiento ahora están ahí haciéndole frente, grandes como dioses. El ateísmo, el socialismo: son los hijos del desengaño, padre. Y usted en el fondo lo sabe.
- No te reconozco, Ernesto. ¿De dónde sacaste ese odio?
- Tengo derecho al odio, ¿no cree? Después de haber desperdiciado tantos años de mi vida, después de ver cómo el instinto voraz del hombre manipulaba toda moral y la ponía al servicio de sus debilidades más míseras, después de ver cómo los jefes espirituales de la Iglesia se arrodillaban ante el dinero, implorando la mayor cuota de poder, después de ver cómo éramos engañados subrepticiamente por la Jerarquía, ¿cómo no me va a quedar odio? Ellos me destrozaron.
- Y tú has destrozado a dos seres. Estás apuntando mal, amigo.
- No, no lo puede ver usted así, padre. Yo he de despertar al mundo. Esa es mi misión en la Hermandad.
- Pero tú estás reproduciendo esa misma historia, ¿no te das cuenta? Aquí impones tu moral dentro de la Hermandad, y la utilizas como instrumento de poder para convertirte en el adalid de este absurdo. Despierta de este sueño, Ernesto.
- ¡Estos principios no son ninguna moral! ¡Es el ideal de la negación de la moral, de los dioses, …!
- Es el ideal de la nada.
- No, padre. Usted no puede entenderme. La gente llega a nosotros huyendo del engaño del catolicismo. Es gente buena, que ama al hombre por encima de todo y que ya ha dejado de creer en los dioses revenidos por el poder y el crimen, esos dioses que avalan el crimen de la humanidad. Esa es la gente que viene aquí. Porque aquí no tenemos dioses.
- Pero no te engañes, Ernesto. No es posible vivir sin moral. Aquellos años de locura cuando abandonaste el seminario fueron una venganza consciente, quisiste resarcir todo tu desengaño, y ahora volviste atrás. Fíjate cómo vives ahora: sometido a esa estricta moral de los ideales. No se pueden crear súbditos sin imponer un miedo. ¿No te das cuenta de que eso es lo que has creado tú también? ¿Quién fue tu última víctima?
- Mi última víctima ya había sido captada por los socialistas. También tienen su propio dios. Y se dicen ateos.
- Pero también en el socialismo hay gente buena. Tú lo sabes.
- Sí, pero ¿qué ha sido de ellos? Allí arribaron ellos después del gran naufragio de la Religión, con el alma en sus manos, buscando la salvación de la humanidad a través de lo colectivo y de la fraternidad. Llegaron y, al punto, le dijeron: debes odiar la propiedad, debes odiar a Dios, debes odiar a los otros, … y sólo amar nuestra causa. Y fueron obligados a inmolar toda la bondad con la que llegaron. De nuevo un fracaso. Parece como si el hombre no hiciera más que fracasar a lo largo de su historia.
- Es el mal el que nunca fracasa.
- Sí, fracasará, no le queda otro remedio. Pero no mientras el hombre ame a un dios.
Don Francisco comenzó a derramar cansancio por su mirada. La conversación se había elevado y las ganas de abrazar a su antiguo pupilo se habían quebrado con aquella confrontación.
- No se puede vivir sin creer en nada, Ernesto. El nihilismo se suicidó hace tiempo. No lo resucites. ¿Recuerdas a Calvero? Él se escondió tras las bambalinas y, con todas sus fuerzas, habló al dios en el que nunca había creído.
- Pero él no hablaba a nadie, sólo a su impotencia, a la impotencia del hombre, a su deseo. Él deseaba que en aquel momento Dios existiera, pero sabía que no era así. Por eso gritaba y lloraba.
- Ernesto, la gente necesita creer en algo que los conduzca en tiempos de sinrazón, necesita creer que sus muertos están en algún lugar, necesita darle forma a sus recuerdos. Y tú también algún día te arrojarás tristemente tras las bambalinas.
La defensa de Ernesto comenzaba su agotamiento. Arrastró la silla hacia atrás y se levantó. Volvió la espalda al padre Don Francisco, dirigiéndose hacia la ventana por la que los rayos de sol se proyectaban en la estancia, se metió las manos en los bolsillos, dio algunos pasos y se volvió de nuevo hacia él.
- No quiero salir de aquí, padre. Dígaselo a ella. Aún me queda mucho que hacer.
- Pero, ¿aún los quieres?
Ernesto tornó su rostro serio y miró al padre fijamente.
- El amor no es algo que entre en mis proyectos ahora mismo.
Era ya tarde, el cielo se había escondido tras la oscuridad. Una piedra enorme había quebrado un rodamiento delantero del viejo vehículo del padre. Ernesto se ofreció a acompañar a Don Francisco a la ciudad en su vehículo. Al llegar, el anciano puso la mano definitiva sobre su hombro.
- Nunca supiste mentir, muchacho. Vamos a casa.  

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