"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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domingo, 28 de abril de 2013

"La Soledad Era Esto"



Fue un soleado día de mayo. Después de desayunar, llegó al mar. Desde la cresta de la explanada podía contemplar aquella extensión de arena donde una tras otra las olas depositaban restos de vida de la otra orilla del mundo. El viento soplaba en forma de brisa húmeda y todo lo que tocaba con sus gigantes manos fibrosas quedaba impregnado de una acuosa viscosidad. En un primer plano se agolpaban cientos y cientos de personas, en un espacio ridículo, como si buscaran un resguardo mutuo. Hacia el sur, siguiendo la línea de costa, la masa se iba disipando hasta desaparecer justo antes de la horrenda visión de unos buques de guerra dibujados en lontananza.
Así que se alejó en aquella dirección, huyendo de la aglomeración, de tanto ser humano repetitivo, hasta que el murmullo de la gente se desvaneció. Entonces se detuvo, se tumbó en la arena y se puso a leer ”La soledad era esto”. Durante varias horas estuvo abstraído en la lectura, hasta que el reloj marcó la hora de la refección de mediodía. En aquel momento levantó la cabeza y observó a su alrededor. Unas chicas se divertían en la playa solitaria; tras ellas, unos muchachos se exhibían con bravuconadas. Y no sabe de qué manera, de repente, entre aquella escena percibió la soledad. Estaba allí. De tanto manosearla, de tanto rociarla por su almohada y sus libros, había aprendido a olerla. Pero sabía que no se mostraría, pues la soledad es tímida y se esconde de los ojos de los hombres. Así que continuó leyendo, ahora echando de vez en cuando una ojeada a aquellos jóvenes juguetones y ociosos. Unas veces veía entre ellos a un muchacho que saltaba las olas y se contemplaba a sí mismo a través de los ojos de su chica; otras veces, una parejita se retorcía en la arena ante sus ojos y así hacían desaparecer todos sus miedos.
El día fue pasando. Después del crepúsculo, la oscuridad fue adueñándose poco a poco del lugar. Las voces de los jóvenes fueron apagándose lentamente en la intimidad de la noche. A través de los últimos atisbos de luz había conseguido leer la última frase de su libro, tras lo cual había sido invadido por una inexplicable alegría: una sensación de libertad le había ido brotando a medida que leía aquel libro, a medida que miraba a aquellos jóvenes, y ahora era consciente de haber descubierto una nueva verdad definitiva: no hay soledad más dañina que la que inventa nuestra mente. Y para celebrar aquel entusiasmo, decidió darse un chapuzón en aquellas aguas gélidas.
Entre el agua oscura, comenzó a nadar y a retozar entre las olas. Entremezcladas con el olor a sal, de vez en cuando unas ráfagas de soledad llegaban a sus sentidos, ráfagas repletas de sufrimiento apagado e incierto que casi sin darse cuenta lo dejaron atolondrado. Los minutos lo envolvieron y en medio de aquel espectáculo nocturno, perdió la noción del tiempo. En un momento en que volvió la mirada hacia la enorme luna que aparecía por poniente, un bulto oscuro surgió ante sus ojos sobre el agua. De pronto se puso en alerta. Centró todos sus sentidos en aquello que se movía inerte con el vaivén de las olas, sin aparente voluntad. Se dirigió hacia él para comprobar de qué se trataba. Cuando se encontraba a escasos centímetros de él, lo miró ligeramente sin poder identificarlo; entonces alargó su mano y lo tocó, sin recibir ninguna respuesta. Luego lo sacudió y le gritó, pero tampoco hubo reacción. Alarmado ante lo que parecía una más que inminente fatal tragedia, con gran esfuerzo comenzó a arrastrarlo hacia la orilla. Cuando se encontraba a escasos metros de la orilla se sintió exhausto, y las fuerzas se le vinieron abajo de repente. En aquel momento pareció como si la luna de pronto brillara con toda su intensidad y su luz se derramó sobre el rostro de aquel cuerpo inerte, haciéndose perfectamente reconocible. Entonces él la tomó levantándola ligeramente, y la contempló aturdido por unos minutos, porque entendía que aquella era la última vez en su vida que la tendría entre sus manos. Era como si durante todo el día ella, sabiendo que él había decidido abandonarla, hubiera estado jugando con él, escondiéndose de su mirada y de su presencia. Tuvo un conato de tristeza al pensar los años que habían convivido juntos, pero rápidamente cobró ánimo de nuevo. Entonces volvió a dejarla sobre el agua, suponiendo que el mar se la tragaría de nuevo y que allí, en el fondo del mar, se desvanecería rápidamente entre algún banco de peces.  Luego se sacudió el pelo, caminó de nuevo por la arena lunar, y se sentó sobre su toalla contemplativo.  Sus ojos se posaron por casualidad en su libro: “La soledad era esto”, dijo. Y sonrió a la noche cómplice.

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