"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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miércoles, 12 de junio de 2013

LA SIRENA



                La sirena sonaba proveniente del fondo del cielo recortado por la ventana. Entonces él se despertó de su sueño con la imaginación aún despuntada. Frente a él un haz de luz entraba por la ventana cual amante angelado estampado en la aureola impenetrable de Dios. La sirena crecía sin cesar, y sus oídos reconocieron una ambulancia en busca de unos ojos blancos vueltos hacia la nada tras algún choque frontal, y sintió el miedo de los cristales clavados en su frente, el terror de algún pecado improvisado, sin vuelta atrás. Y la sirena se acercaba veloz y urgente, y sus visiones sobrevolaban sobre un cuerpo desparramado sobre el asfalto, y entonces sintió el último aire exhalado, la asfixia dominando el pecho, el fin de las penas, de los amores, de las desidias, de las pasiones. La sirena le importunaba ya al oído y, sin moverse, penetraba en su casa, en su sala, se expandía por los rincones, por entre sus muebles, por entre sus sillas, por entre sus lámparas. Y veía cómo una puerta se abría, y los enfermeros caían enfermos tras una cara de espanto, y sus miradas le decían algo horrible. Y conducido en la camilla miraba abajo,  y veía un hilo de sangre que emanaba delineando flores sobre la moqueta, y entre las tres magnolias se hallaban trazados tres poemas tiernos, agudos, incandescentes. Y entre tanta incomprensión aquellas sirenas estrepitosas comenzaron a llamarle por su nombre, y aquellos sonidos insolentes se convirtieron en palabras que le juzgaban en el tribunal del silencio, y alguien, un fiscal inexpresivo, le decía que ya era tarde para decir “Te quiero”, y le acusaba de ocultar palabras deliciosas y francas tras una sonrisa ecléctica y blasfema, y le acusaba de no besar el tiempo necesario, y de no romper las cuerdas tensas que lo amarraban. Y en el espacio blanco e infinito del cielo la sirena se volvió hacia atrás para comenzar a sonar camino del recuerdo, plácida, hasta alejarse bailando alegre y desfalleciendo sobre el horizonte. Y allí, desde el otro lado, apareció ella, inconmensurable, y se acercó para sentarse en su regazo. Y entonces, para su sorpresa, ya con la sirena apagada, él le dijo:  “Te quiero, como nunca”. Para ahuyentar el susto.

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