"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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sábado, 29 de junio de 2013

LA DEBACLE DE LA EDUCACIÓN PÚBLICA (I)




La continua obcecación de los partidos políticos por imponer sus propias leyes educativas, y hacer ondear su bandera victoriosa también en este terreno, ha puesto de relieve, una vez más, la decadente moralidad de la clase dirigente, y en particular la del gobierno actual, quien no ha dudado a la hora de hacer un uso déspota y caprichoso de su mayoría absoluta.
Desde la LOGSE, la madre de todas las reformas, hasta esta reciente LOMCE, pasando por la LOCE, de unos,  y la LOE, de los otros,  a lo largo de los últimos veinte años todas las reformas educativas que se han sucedido no han supuesto sino torticeros intentos de dejar una marca político dogmática en el sistema educativo por parte de los partidos de turno. Tal es la ética que sostiene la política española y sus partidos. Algo absolutamente bochornoso. 
Ahora toda la opinión pública se cierne sobre la nueva Ley, sobre sus nuevas imposiciones, cuyos efectos se vaticinan devastadores, pero poco se habla de la Educación con mayúsculas, y poco parece interesar profundizar en este terreno, pues sin duda al hacerlo se corre el riesgo de desentrañar la enorme hipocresía que domina las sucesivas políticas educativas desde casi su mismo origen.
El sistema educativo en nuestro país es desastroso. Así lo corroboran los parámetros internacionales: la OCDE, el informe PISA o el índice de fracaso escolar. Pero no es necesario recurrir a las macrocifras de los rankings internacionales; la realidad más cercana habla por sí misma, como muestra tan sólo un dato: los padres que solicitan un centro concertado para sus hijos casi igualan ya a los que demandan un centro público. Y esto a pesar de que la opción les supondrá mayor gasto y de que la ratio de los centros concertados es mayor que en la escuela pública. Este dato debiera bastar para ponernos en alerta sobre lo que está ocurriendo en la escuela pública actualmente. Y por encima de eso, debería hacernos reflexionar sobre hacia dónde camina nuestro sistema educativo y hacia dónde arrastra con él a generaciones y generaciones de jóvenes.
A pocos les queda la duda de que el sistema de enseñanza en nuestro país necesita una reforma urgente. No es posible esperar mucho más si verdaderamente se quiere salvar todo el esfuerzo e inversión de tantas personas durante tantos años en la Enseñanza Pública. Esta reforma de la LOMCE, sin embargo, muy lejos de atajar los problemas verdaderos de la enseñanza pública, parece haber sido dictada para perpetuarlos y, siguiendo con  la política de adelgazamiento de todo el aparato del Estado en beneficio del capital privado, dar un impulso a las escuelas privadas concertadas.
Sin embargo, analizando brevemente el camino que han seguido las políticas educativas de los últimos años, esta nueva reforma no deja de ser más que el paso natural siguiente de aquellas. De hecho muchas de las medidas que aparecen en la nueva ley ya habían sido concebidas durante el gobierno socialista: La Agencia de Evaluación Educativa y sus famosas pruebas de diagnóstico con sus rankings internos; la evolución del papel del director en los centros hacia una figura separada del claustro, gerente y representante de la Administración; la inexistente voz de los claustros en las decisiones de organización y planificación de los centros; el cada vez más reducido papel del Consejo Escolar;… todo había sido ya diseñado por el anterior gobierno. De hecho en la última década el porcentaje de centros públicos en España ha caído casi un 4%, siendo Andalucía la comunidad donde mayor descenso se dio, un 11%. No podíamos esperar entonces otra cosa de un gobierno conservador, tal y como se habían planteado las políticas anteriores.
Algunos de los calificativos que se han vertido sobre la LOMCE no son otros que los males de los que adolece la enseñanza desde hace muchos años, por lo que esta crítica, además de atacar a los artífices de la reforma, saca a relucir cuantas miserias han abocado a la Educación española al esperpento que es hoy día. 
Cabe aquí pararnos y analizar uno de los azotes más severo con que la opinión pública ha fustigado a la nueva Educación: la del mercantilismo y utilitarismo que la domina.
La reflexión que surge en este punto nos pone, sin embargo, los pies en el suelo. Porque ¿desde cuándo la educación en nuestro país no ha tenido más sentido último que el de servir al mercado o a las instituciones del Estado?  Desde donde nos alcanza la memoria no dejamos de contemplar cómo aquellos jóvenes que optaban por una formación profesional o por una carrera universitaria no tenían otra intención que adquirir una preparación que les permitiera trabajar en tal o cual empresa o institución, ya a un nivel u otro. Hace años, la posesión de estudios universitarios o simplemente el bachiller eran además un medio de ascenso social; hoy, esa garantía se ha esfumado y los estudiantes optan en su mayoría a un puesto de trabajo ya en el aparato del Estado, ya al servicio de una empresa privada. Tratar de ver con otros ojos esta realidad de la educación media y superior en España no es más que un torpe autoengaño. Nos guste o no, esta es la Enseñanza que hemos tenido y aún tenemos en España: una enseñanza adaptada a las necesidades del mercado y de las instituciones del Estado.
Veamos si no el auge que se está produciendo de las enseñanzas no  regladas actualmente: las academias privadas preparan a futuros opositores, enseñan inglés, enseñan profesiones demandadas por la sociedad, con todo un despliegue de medios publicitarios. La enseñanza privada ha crecido en los últimos años y, sin entrar a cuestionar su calidad, es un buen indicativo de la demanda social actual en este terreno. El sistema productivo demanda determinados conocimientos, determinadas profesiones, así como el Estado define con exactitud los contenidos para la incorporación en sus instituciones, y la enseñanza privada, con la sagacidad de los mercaderes, se adapta perfectamente a esas exigencias.
En cuanto a las enseñanzas oficiales, nunca como hoy ha sido tan denostada la idea de una enseñanza sin una utilidad, sin ese objetivo último de la empleabilidad de los estudiantes y de la capacitación para la actividad profesional. El concepto de rentabilidad de la enseñanza, y de “rendición de cuentas”, repetido incesantemente en la redacción de la LOMCE, se está imponiendo con toda autoridad en el debate público sobre la educación, y pocos parecen cuestionarlo.
No es discutible que hoy día la educación se encuentra a merced del mercado y de los agentes económicos. La LOMCE declara esa realidad abiertamente en su preámbulo. Y sin embargo, llama la atención que en la relación de fines del sistema educativo español, figuren doce principios, tan solo uno de los cuales hace referencia a la preparación de los estudiantes para la actividad profesional. A pesar de que dentro de ese epígrafe encontramos objetivos como el respeto a los derechos humanos, la formación para la cohesión social y  la solidaridad, o el desarrollo de la creatividad, la iniciativa personal y el espíritu emprendedor, toda la infraestructura del sistema educativo se centra en ese objetivo primordial que es la “capacitación para la actividad profesional”, siendo todos los demás fines simples efectos colaterales de este último.  Desde luego, a nadie se le ocurre hoy día valorar los niveles de la Educación en nuestro país con aquellos parámetros del respeto y la solidaridad, o de la creatividad y la iniciativa personal, ni siquiera a las agencias de evaluación educativa con sus famosas pruebas de diagnóstico, ni siquiera a los organismos internacionales que diseñan el informe PISA. Por otro lado, ¿podríamos concebir pruebas en las que se midieran el respeto a los derechos humanos, la tolerancia o la creatividad?
Es, por tanto, más que una evidencia que las leyes educativas y los gerifaltes que la implantan no hacen más que ratificarse en su propia hipocresía y que todos esos fines humanistoides que declara perseguir no son más que una sarta de blasfemias para el sistema neoliberal al que se ofrenda este largo rito de la educación.
El sistema educativo se descubre así como la vía por la cual el Estado sirve al Sistema neoliberal y a sus capitalistas de la mano de obra cualificada necesaria para su funcionamiento.  En los últimos tiempos los poderes económicos han ido determinando el uso mercantilista y utilitario del sistema educativo, dando por sentado que es el Estado quien ha de correr con los gastos de la cualificación de la población que formará parte de los medios de producción del capital. Es el Estado quien debe asumir el papel de cualificar a esa minoría de trabajadores de alto nivel que constituirán el capital humano pensante y director de las empresas; es el Estado quien debe crear esa bolsa de técnicos de menor rango y cualificación para el manejo de las máquinas, y es el Estado quien se ha de encargar de propiciar y disponer una bolsa y ordenada de obreros dóciles sin cualificación al servicio del mercado y las necesidades del capital. La Universidad, por su parte contribuye en la aportación de especialistas al sistema: las cabezas pensantes del capital, los científicos, técnicos e ingenieros preparados con medios públicos, quienes tras tamaña inversión quedan a las puertas de la gran empresa al servicio de otra explotación aún más sangrante. Es según aquel principio de utilidad, largamente rumiado en los foros políticos, que se cierran facultades universitarias no rentables, al no tener un número mínimo de alumnos, o que desaparecen  ciclos  formativos que ya cubrieron la demanda de obreros especializados.
Dentro de esa dinámica utilitarista, las distintas reformas educativas poco a poco han ido despojando a la escuela pública de materias consideradas “inútiles”,  y al mismo tiempo reforzando las llamadas asignaturas “instrumentales”, es decir, se ha ido construyendo una escuela meramente instrumental. La Historia, la Filosofía, las distintas formas de arte, por ejemplo, han ido ocupando, cada vez más, lugares marginales en la escuela. Y así podemos encontrar libros de Conocimiento del Medio en los que la Historia de España queda expuesta en ocho páginas, con todos sus reyes y sus batallas, que será enseñado a los niños en las postrimerías del curso, y justificarán a su paso el prolijo saber de la escuela española.
No hay que ser muy avezado en la materia para saber que la educación que se da en nuestras escuelas no incita demasiado a pensar, ni a criticar, ni a reflexionar sobre el mundo, y mucho menos fomentan la creación, el arte o la construcción, pues las enseñanzas oficiales son dictadas por el gobierno y se encuentran diseñadas para que el joven se adapte a la sociedad establecida, a ese mundo oficial que marca el capital y sus gobiernos. Los conocimientos que predominan son eminentemente técnicos, ya en las ciencias, ya en las humanidades, con una misión eminentemente propedéutica. Innumerables datos, conceptos y técnicas acaban perdiéndose en la estela de una memoria selectiva que pone en entredicho los principios y objetivos de un sistema cuanto menos cuestionable.
Estamos pues ante el leitmotiv que dirige la política educativa, dentro de una filosofía ya de lejos asumida por los gobiernos anteriores, todo lo que nos lleva a pensar que ni a los dirigentes ni a los poderes fácticos del sistema interesó nunca una sociedad que reclamara sus derechos y tuviera los ojos abiertos ante las injusticias y privilegios de unos pocos, ni que en las escuelas se enseñe un derecho básico, ni que se discuta sobre las noticias de los periódicos, ni sobre temas candentes de actualidad. Y para alejar ese fantasma un día tomaron la palabra “adoctrinamiento” y la redefinieron para descatalogar el diálogo, el debate y la alineación de posturas dentro de las aulas, y se deshicieron de aquella Educación para la Ciudadanía inocua y descafeinada por si las moscas. La ética y la política quedan fuera de los currículos oficiales, a expensas de la cada vez más reticente voluntad de un profesorado a meterse en terrenos poco comprendidos por nadie y mucho menos exigidos por la misma sociedad. Eso sí, paradójicamente, los enseñantes de Religión siguen todavía llevando el dogma de la Iglesia Católica a las escuelas, una especie de nacionalcatolicismo adaptado a los nuevos tiempos, hablando sin querer sobre el aborto, sobre el papel de la mujer en la familia, los demoníacos métodos anticonceptivos o sobre la beneficencia de la Iglesia para con los pobres.  Pasen unos, pasen los otros por el gobierno, la Religión, cual derecho consuetudinario proclamado por los siglos, parece ser la única disciplina a la que el capital y sus dirigentes no se han atrevido a morder.

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