"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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martes, 15 de noviembre de 2011

LO QUE MÁS DESEA LA MUJER

José Antonio Nisa
La mujer salió de la habitación y se dirigió rápidamente al sótano. Allí levantó el tonel del suelo con una palanca y sacó el polvoriento cofrecito de madera. Lo abrió con presteza y contó: cuatro, cinco, diez, quince, veinte, cincuenta, ciento veinte, y doscientos. Los enrolló apretadamente, se los estrechó en la mano y subió con la celeridad de sus palpitaciones. Había esperado aquel momento durante los últimos ocho años desde que murió su tercer hijo. Desde entonces la desesperación se había cebado con ella. “Tres, fueron tres, mis desgracias, a cual más fuerte”, le había dicho a la vendedora, una mujer blanca que llegaba del este, sobria, de rostro frío, con el pelo estirado hacia atrás. Las dos mujeres habían tomado café mientras ella le contaba la enfermedad que acabó con sus tres hijos: “Los médicos me dijeron que lo llevaban en la sangre”, le confesó.
Aquel día, la vendedora había visitado otro pueblo en el que había cerrado otro trato. Y ahora se encontraba allí, esperando en el salón, frente a una taza de café, frente a la ventana en la que los tejados de las casas parecían dibujados. Había hecho calor desde muy temprano y llevaba ya muchos kilómetros recorridos; aquella bebida le mitigó el cansancio acumulado en dos días de viaje. Cuando volvió la mujer de la casa, recuperó la atención decaída y se puso de pie.
“Aquí tienes, doscientos”. La vendedora los contó depositando los billetes uno a uno en la mesa formando mazos de veinte, tras lo cual los juntó y los metió en un bolsillo interior de la falda, enrollándolos a la manera en que lo había hecho la mujer de la casa.  Salió la vendedora, después de despedirse y desearse suerte, y allí quedó ella, con el corazón alterado, dispuesta a hacer feliz a su marido después de tanto tiempo de oscuridad y desesperante melancolía, después de tantos años de frustración y dolor. Esperó tres horas entre la cocina y la alcoba, disponiéndolo todo para su nueva vida. Al fin, el marido apareció por la esquina con su furgoneta traqueteante. Abrió la puerta y allí estaba ella con su sorpresa en los brazos. Cuando le explicó todo, el marido bramó un llanto inexplicable, algo que pareció no entender el bebé que, acostumbrado a otras caras más inexpresivas, empezó a sollozar.

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