"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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viernes, 23 de marzo de 2012

AMOR HELADO


José Antonio Nisa
Precisamente había sido el resplandor del envoltorio lo que le había hecho inclinarse por aquel helado. Después de contemplarlo detenidamente con los ojos vidriosos y los labios encarnados por algún efluvio poderoso surgido en su interior, decidió cogerlo.
Con cautela lo tomó al principio, procurando que el blanco frío del papel no le adhiriera sus dedos. Así que lo prendió por la abertura y con sumo cuidado lo abrió.  Al principio, al pasar su lengua por la escarcha de que se rodeaba el cuerpo helado, notaba un frío insípido e incluso amargo. Pero a medida que se fue derritiendo la nieve esperanzada, el sabor dulce y enamoradizo le fue penetrando por el cuerpo como un brebaje mágico, y él, el helado, también se fue derritiendo, como si también a él un placer le recorriera de arriba abajo.  Y es que era tan sumamente sabroso el tacto mutuo.  Finalmente, lanzó un MM corto, concluyente.  No había nadie alrededor, y sin embargo, ella se sobrepuso a su propio suspiro, como si no quisiera haberle dado a entender lo mucho que gozaba. Al término de todo, él se fue a casa feliz, por haber provocado aquel gemido tan inmoral.
De vuelta a su hogar ella encontró a su marido sentado en el sofá, deleitándose con un sabroso helado exactamente como el que ella había gozado. Él, allí, tan gélido, tan maquinalmente sentado frente al tevé, lamiendo las gotas deslizantes de la nata helada. Curiosamente, aquello le pareció un espectáculo grotesco.
Saludó y se fue a la cama, directamente. 

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