"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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viernes, 17 de agosto de 2012

ESCRITO EN LOS ASTROS

José Antonio Nisa
Desde la ventana veía llegar a los invitados, escondido tras los visillos con el recatado temor a ser visto fisgoneando el preludio de la fiesta, el nerviosismo irreparable de los hombres y las mujeres en el trayecto desde la verja hasta la puerta que Alba María abría con su sonrisa difuminada en un rayo de luz que le deshacía su rostro taciturno. Dieciocho años después, había decidido acabar con todo. La premeditación, la exactitud de sus pasos, y la esperanza de una nueva ilusión en una nueva vida lo habían dotado de una firme frialdad en sus movimientos. Lo tenía todo controlado, como lo había tenido durante los últimos dieciocho años de su vida, en que había quedado desarmado en una soledad inviolable, tras un conato de amor que duraría lo necesario para asentar su carácter acomodaticio al paso de los días.
Había contado más de cincuenta y ya un leve murmullo traspasaba la puerta de la habitación, anunciándole que ya era el momento de hacer su aparición. Entonces se apartó de la ventana y se dirigió hacia la cama, se sentó al borde y se apretó los cordones de los botines. Se puso de pie y con la tranquilidad ceremoniosa que le había enseñado su abuelo, se dijo: “Despacio, despacio”, para confirmarse en la seguridad de hacer lo que había previsto desde hacía quince días, sin errores ni imprevistos. Se colocó la chaqueta, se miró al espejo por última vez y cerró la puerta de la habitación por fuera.
Alba María se encontraba sumergida en un mar protocolario, atendiendo a unos y a otros, saludando y departiendo brevemente con sus hombres y mujeres predilectos, a quienes había elegido en aquel gran día para ella. Su presentación al mundo del arte exigía una recepción notable y un elenco de notoriedad que pudieran proyectar al mundo su obra. De repente, un grito sonó desde el fondo de la sala: “¡Aah! ¿Dónde está mi corazón? ¿Dónde está?, ¡Maldita sea! Ah, sí, lo veo, lo veo allí, robado, mancillado, ultrajado como un sapo de cloaca al que han intentado enterrar vivo. Sí, lo veo, allí, escondido entre la multitud.”  Desde el pie de las escaleras, señalaba a Alba María, sobrecogida ante tal inesperado espectáculo. La gente miraba al payaso con media sonrisa en la boca, imaginando que aquello había sido preparado para la ocasión. De modo que, con el fiel respeto que la escena requería, el silencio se extendió por la sala. Entonces el payaso,  con su chaqueta roja, su chaleco de cuadros multicolor y su  corbata erguida, dio dos pasos adentrándose en la multitud, que en movimiento inconsciente había retrocedido dejando un escenario en derredor del payaso. En el momento en que su tono de voz se tornó tranquilo y suave, Alba María supo que era él, y entonces, un rubor incoloro subió desde sus entrañas. Aquel hombre silencioso, opaco y de sentimientos resbaladizos, ahora aparecía ante ella en el día más importante de su vida para deslustrar su horizonte de éxito. Pero el payaso ya había reiniciado su plan:
- “Bienvenidos al día de Alba María, señores y señoras. Bienvenidos al día en que por fin Alba María limpiará la conciencia de su crimen: el crimen de su amor. Pobre mujer, oh, pobre. Cuánto color se depura en sus cuadros, cuán ricamente se entrelazan los pinceles sobre los paisajes de invierno, qué bellas flores de primavera retoñan en sus amaneceres. Pero ningún esfuerzo ha sido en vano, ningún esfuerzo ha caído en saco roto, y ahora está todo aquí, en esta sala, flotando sobre sus cabezas, la aureola de placer infinito que Alba María ha de recoger en breve. Y mientras tanto, su vanidad se inunda de felicidad porque, por fin, señores, Alba María, una mujer que nunca ha sido consciente de la soledad de su alma, una mujer que jamás se ha mirado a través de sus propios ojos, ha expiado su crimen. Hoy es un gran día, señores. Celebrémoslo. ¡Muerte al desencanto, muerte al nihilista, muerte al vacío! ¡Aquí, ahora, entre esta bella multitud, Alba María presenta su mayor obra: el crimen de su propio yo! ¡Oh, Señores, ayúdenla, pobre de ella! ¡Pobre, pobre!”
Estas últimas palabras las dijo mientras se abría paso hacia la puerta de salida. Alba María quedó perpleja, le invadía el pensamiento de estar ante un alma deconstruida a base de golpes y desaires, o más bien ante una parte de ella, la parte diabólica, la parte que nunca conoció, la parte resarcida del olvido. No tuvo tiempo de pensar nada más sobre lo que lo que había sido toda una vida ignorando a su hombre, a ese hombre que la conoció entregada a la oscura licencia de la noche, pues ahora, de pronto, una vez terminado el espectáculo, un sonoro aplauso de los invitados rompió bruscamente su cavilar deambulante. El público, convencido de no haber entendido nada y de que aquella puesta en escena era de lo más original, sintió que, en el fondo, aquella recreación dramática daba al acto una profundidad inusitada, idea que al día siguiente recogieron los periódicos especializados. Al fondo del salón, un joven con gafas oscuras y pelo encrespado gritó “¡Bravo!”, levantando la copa. Entonces Alba María volvió a sonreír, ahora más convencida que nunca de que todo su futuro está escrito en los astros.

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