"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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lunes, 13 de agosto de 2012

MIEDO

J. A. Nisa
La niña gozaba por fin del delicioso momento de su tarde. Había conseguido sus dos pequeños globos de agua. Y justo entonces, justo cuando comenzaba a sentir el mullido órgano ahuecarse ante la presión de sus dedos, puso freno a su decidida disposición de chasquearlo contra el suelo, a ese augurio de placer desmedido de sentir el reventón de un órgano cuyo trágico final está escrito desde el momento de su creación. Los balanceó entre sus manos, sopesándolos, hundió sus dedos en aquella goma retráctil, y sonrió furtiva y maliciosamente antes de tomar consciencia del poder de su libre voluntad. Pensaba en posponer el final de los globos de forma indefinida, pensaba en seguir deleitándose con la deliciosa blandura de aquellos órganos vivos entre sus manos. Pero entonces salió mamá y gritó: “¡Noelia!”
Aquella exclamación la estremeció. Un terror indefinido le recorrió de arriba abajo en una frágil milésima de segundo y, antes de que sus oídos atendieran a alguna razón poderosa y contundente de su madre, golpeó contra el suelo aquellos orgánulos acuosos. Visiblemente insatisfecha, acudió con paso lento a la llamada de mamá, pero su madre no quería saber qué había sido de los globos. Entonces ella, seriamente contrariada, se arrepintió de aquel impulso irracional y su desastrosa consecuencia, lejos de comprender qué demonio la había poseído en aquella frágil milésima de segundo.

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