"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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jueves, 6 de diciembre de 2012

PATOLOGÍA DEL IDEALISMO

José Antonio Nisa
                                     Si su padre hubiera vivido cuando su juventud, con su pragmatismo y su rudeza sin duda habría arrancado la cizaña desde el principio, y habría evitado que llegara a la edad adulta con la cabeza y el espíritu minado de quimeras. Pero, precisamente a causa de tal ausencia, durante los años de florescencia el muchacho se había entregado afanosamente a esa abstrusa labor de incubar ideas y pensamientos fatales, como si no esperara de ellos más que la instrucción paterna que nunca tuvo.
Y al final encontró aquello que parecía estar buscando desde su orfandad, quizá un motivo para mortificarse el resto de su vida: tomó querencia por las utopías. Y con en ellas se nutrió de todos esos mundos posibles que esperan la desaparición del hombre de la faz de la tierra para nacer. Año tras año fue envolviéndose en una fina aureola de conocimiento que convalidaba en las más prestigiosas universidades del mundo, entre cuyos libros perdió, casi sin darse cuenta, la alegría por la vida.
De pequeño su padre le había inducido a ver la realidad de las cosas: “Nosotros somos pobres, y estamos obligados a hacer fortuna”, le decía. Pero él olvidó aquella obligación, para, al final de su periplo universitario, comenzar a reconocer que, mal le pesara, la razón, su razón, no estaba hecha para ser validada por las leyes de los hombres, igual que toda la belleza del mundo, de la luna, del sol y de los mares, jamás podría ser entendida por ninguna lógica humana. Y entonces, sin poder soportar más la incongruencia del mundo, marchó a África, enrolado en una organización humanitaria. Durante años, se dio un auténtico atracón de penurias humanas y al mismo tiempo aprendió a disfrutar de la belleza de las lágrimas, de la serenidad de la pobreza y de la entrañable cercanía del calor humano. Pasados tres años, cuando ya el tiempo transcurrido enlazado a la cálida sangre del trato humano le había cargado demasiadas muertes en su alma, volvió. En los siguientes meses quedaría envuelto en una gris melancolía que le impidió dejar de pensar en la vida que había abandonado, enquistado en una desazón maldita y degenerativa que le anclaba a una vida oscura, desconectado del mundo.
Fue entonces cuando la necesidad llamó a su puerta. Había agotado todos sus recursos y por primera vez en su vida sintió la urgencia de lo material. Recordó entonces aquella frase con que su padre le había atizado la voluntad y, al fin, entendió el sentido de la misma. Acudió entonces a la Universidad de nuevo, donde había dejado algunos buenos amigos y otros tantos proyectos inconclusos. Pero allí encontró, sobre todo, a un olvido inmisericorde con el pasado y con las oportunidades perdidas, y un vacío por respuesta. En aquel momento de su vida, un desesperante presagio de tragedia comenzó a rondarle la cabeza día y noche: la tragedia que agota las fuerzas en el hombre al saberse inútil, al pensar que desde que comenzó su vida no había hecho más que perder el tiempo en pensar y estudiar, entregado a un destino que hasta aquel momento lo había mantenido en la inercia de una despreocupación por lo material, gracias a los gratificantes emolumentos que el mundo universitario le había dispensado. Las reservas se agotaron y se vio impelido a salir a la calle a buscar un trabajo con el que poder sobrevivir. Un periódico provincial le dio la oportunidad de probar el trabajo de reportero de calle. Y la calle lo atrapó. Como si comenzara a vivir una nueva vida, cada día que pasaba en contacto con la gente de la calle le parecía un día que ayudaba a subsanar aquella enorme herida que le habían causado tantos años aislado del mundo. Descubrió las pasiones y la irracionalidad del vulgo, conoció la entrega de los hombres que nada tienen, conoció la lascivia, el egoísmo, la crueldad más descarnada del hombre, y descubrió la facilidad con que el hombre se entrega a lo desconocido. Poco a poco fue introduciéndose en ambientes decadentes, donde mejor apreciaba la naturaleza de los comportamientos humanos: las tabernas, las vecindades de los suburbios, los ambientes de droga y delincuencia, los prostíbulos. En uno de estos conoció a María, de la que se enamoró. Al cabo de unos meses logró hacerse con una habitación anexa a la mancebía, donde convivió con ella durante lo que serían los días más felices y alegres de su vida. Durante algo más de seis meses ambos vivieron un idilio, poseídos de una especie de frenesí dionisíaco. Él desconocía aquella pasión que brotó de sus entrañas de repente, lo que, además, le impulsó a escribir de nuevo sobre el mundo. Pasaba las noches en vela escribiendo a la luz del farol que desde fuera se proyectaba sobre una mesita de la habitación y dormía escasamente, cuando los primeros anuncios del alba clareaban el cielo.
Cuando una víspera de miércoles de ceniza, él apareció muerto en el portal del burdel como consecuencia de un atraco, María ya había descubierto las caligrafías que él hacía en aquellas noches de desvelo, y se había prendado de las historias que él narraba en sus cuadernos. Durante muchas mañanas, mientras él aún dormía, ella había leído los hermosos y apasionantes relatos cargados de erotismo y lujuria que había plasmado en las horas de insomnio de aquellos días de arrobamiento.
Pasado el duelo, y tras retomar aquellas historias y regocijarse con el recuerdo de él en sus lecturas, María comprendió que, todo lo que él había desgranado en aquellos relatos no eran sino las secuencias de su propia vida. En un afán por conocer al hombre que había amado, releyó y releyó aquellas historias hasta descubrir que la mujer cuyo nombre en ningún momento se mencionaba era ella misma, que el viejo que angustiaba en sueños al protagonista no era otro que su propio padre, y que el hermano hostil al que consiguió poco a poco envenenar representaba su otro yo. Entendió que el tiempo que había permanecido con ella había vivido con la dolorosa conciencia de esta muriendo en vida y renaciendo al mismo tiempo, después de lo cual, las dos hendiduras que el acero abrió en su pecho aquella mañana de invierno no fueron más que unos minutos de desaire del destino, un destino que lo mató dos veces. Ante aquel pensamiento María no pudo contener las lágrimas que le desgarraban el alma, una de las cuales cayó en la página en blanco que cerraba un capítulo. Tras aquella húmeda gota María  adivinó una mancha de tinta. Volvió la página y encontró unas palabras escritas que no entendió muy bien y que fueron, a la postre, las que dieron título a la obra: “Patología del idealismo”.
Meses más tarde el jefe de redacción de su periódico decidió publicar aquella obra a través de una sección del periódico, obra que tuvo una entusiasta acogida entre el público de la ciudad pero que sus antiguos amigos en la universidad siempre soslayaron, por precaución.

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