"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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miércoles, 12 de diciembre de 2012

UNA TONTA RAZÓN PARA SER ATEO



Esto es un tren imparable. De vez en cuando oímos los altavoces de los vagones que anuncian la próxima estación; algunas veces no sabemos nada de la ciudad que se avecina, de otras ya tomamos nuestra porción. Aquí adentro vamos, felizmente sentados, gozando de la vida que nos pasa, de los paisajes que dulcemente se esconden tras las ventanillas, de las feroces nubes negras que abren la boca gritando y levantan sus brazos para entrar al abordaje de un cielo azul que se deja vencer. Y contemplamos las caras sonrientes de la gente que de pie en la estación ven bajar a los suyos, cargados con maletas modernas, con ruedecillas que maltratan la vida de su interior; y las risas de tristezas contenidas que dicen adiós a aquellos que les importan: hasta pronto, hasta luego, hasta cuándo. Toda la vida despidiéndonos. “Adiós”, qué palabra más odiosa. A Dios dedicamos la despedida, la esperanza, la verdadera ruina de la ilusión. Y si creemos en Dios es porque creemos que al final todo esto va a algún sitio del que nos será devuelto con alguna justicia sobrehumana. Incluso el tiempo se espera en retorno. Qué graciosa esperanza. Pensándolo bien, quizá sea esta misma una tonta y simple razón para volverse ateo.

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