"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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domingo, 3 de marzo de 2013

INMENSIDAD



Al atardecer, se sentaba a contemplar la belleza del cielo y su inmensidad y sentía un gozo punzante en el pecho, pues era aquella una belleza que él no podía poseer y que se le escapaba. Y entonces pensaba que su alma no era lo suficientemente grande para absorber todo lo que el mundo le ofrecía, o acaso no se trataba sino de un miedo atroz a la verdadera nimiedad del hombre ante aquella obra.
Aquel día tomó un libro y, como por casualidad, comenzó a pensar que esa obra del hombre también era inmensa, como otras muchas. Y se sonrió al pensar que, mal les pesara a los dioses, también el hombre ha construido su propia inmensidad. Pero de pronto unas nubes negras se reorganizaron como en un conciliábulo celeste y de allí surgió un rayo que atravesó el cerezo que había apenas a diez metros frente a él. Ni se inmutó. Quedó absolutamente petrificado en la silla contemplando el humo que surgía de las brasas del tronco. El cielo lo había avisado contra aquellos pensamientos infieles, pensó. Entonces comenzó a odiar al cielo y a toda la devastadora violencia con que a veces golpea a los hombres y, al punto, invadido por un miedo indefinido, apretó fuertemente el libro con sus dos manos y lo lanzó violentamente contra el árbol. La portada del libro cayó hacia arriba, resplandeciente por la lluvia, con su cruz mirando al cielo.
Pero aquella noche el nivel del agua llegó al alero de la casa y tuvo que recordar por enésima vez en su vida que ellos eran pobres, pues a veces lo olvidaba. Allí encima, acorralado por el agua, aquella noche se puso de nuevo a rezar.

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