"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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viernes, 1 de marzo de 2013

JUGADORES IMPROPIOS


Nunca imaginó que fuera real, que aquel jugador que tanto reconocimiento, laureles y gallardía ostentaba pudiera ser auténtico. Entonces empezó a hurgarle en las mangas y allí donde vio una etiqueta, marca de clase, su obsesión le hizo ver un atisbo de cartas marcadas. Entonces montó en cólera, y denunció ante todos al tramposo. Claro que el grito furibundo de rebelión no tuvo más eco que el de su propia suspicacia. Y los presentes se organizaron rápidamente, preguntando ¿quién denuncia? ¿cómo se atreve? ¡qué desfachatez!
Y, como siempre, todo saltó por los aires: el respeto se fue al garete, esto es, las normas para el juego limpio y civilizado quedaron pisoteadas de la noche a la mañana. Cuando el respeto se pierde el juego se convierte en guerra, casi con la rapidez con que fluye la mecha, y entonces la situación estalla rápidamente y todo queda envuelto en una humareda de la que solo sale viva la antorcha incendiaria que siempre abandona la primera el lugar de las llamas.
Pero el despecho causa furor en los hombres, y la ilusión de ser algo más que un simple mortal abocado al olvido del tiempo nos vuelve voraces, de manera que el caos siempre sirve para argumentar contra el sistema, contra las reglas, y decir: ¿Ven como esto no funciona? Caldo de cultivo de esos personajillos que tanto daño han causado a la humanidad en su reciente historia, que se erigen redentores de todos los mortales que han tenido que sufrir el desorden y el sufrimiento que mana de él, y se cargan de razones y se postulan como los verdaderos, los auténticos valedores de la verdad y del orden, para denigrar al sistema y proponer un nuevo orden, en el que, eso sí, su verdad sea la única verdad. Otra tautología, vaya.
Cierto es que, después de eso, viene lo más terrible: el momento en que una violencia aterradora se instala en los pilares de ese nuevo orden, y suena la frase que tantas veces ha sido oída: “y quien se atreva a contradecir esta verdad, ese…” Y la antorcha se yergue de nuevo sobre la oscuridad del cielo apuntando a nuestras vagas propiedades, efímeras como nosotros, jugadores, perdedores, necesariamente. Y entonces vuelve el miedo, el encierro y el exilio, y cerrar la boca hasta que el destino nos perdone por haber jugado demasiado con rivales que no sabían de qué iba el juego. 

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