"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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martes, 30 de diciembre de 2014

EL HIPNOTIZADOR

Veinte años después, el hipnotizador Kerkus volvía a pisar el mismo escenario que lo había catapultado a la fama.  En aquel círculo iluminado, miraba a su alrededor y no veía más que la oscuridad que envolvía a unos asientos negros y anónimos. Aún faltaban varias horas para el comienzo del espectáculo y allí, con su traje negro, su perilla recién recortada y sus ojos negros de largas pestañas, sufrió la evocación de un sentimiento, a la vez placentero y doloroso, que le punzaba el alma. Al fondo de la sala recordaba ahora la imagen espectral de un grupo de jóvenes ebrios que se reían de los sujetos que se encontraban bajo los efectos de su hipnosis, de una mujer mayor que gritaba y de varios hombres que se abalanzaban sobre el individuo que le cambiaría la vida.
Jamás hasta aquel momento había sufrido la crueldad de sus propios pacientes, pero aquel individuo se le fue de las manos. Los recuerdos que ahora le llegaban reproducían fielmente lo ocurrido aquel sábado 3 de abril de 1988. Durante la sesión prehipnótica el hipnotizador había inducido en uno de los pacientes un falso recuerdo: lo sugestionó para que recordara a un padre que lo había maltratado de pequeño, de una infancia llena de dolor y algunos episodios violentos en que se hubo empleado con despiadada crueldad contra otras personas sin motivo alguno. Ya en plena función, en el escenario Kerkus sumergió de nuevo a aquel señor en el estado de trance. En un principio lo hacía dormir y despertar a su antojo, con el único fin de demostrar al público el efecto y dominio de su maravillosa técnica. A instancias suyas, el individuo debía que reaccionar con miedo y sollozos ante la imaginaria presencia de su padre. Y así ocurrió: una vez dadas las instrucciones precisas el señor fue despierto. De pronto, comenzó a gritar, y a enroscarse protegiéndose la cabeza con las manos; sin levantarse del sillón, encogía las rodillas y negaba con la cabeza la acción de un padre imaginario. En aquel tenso momento el corazón del deslumbrado público estaba sobrecogido, el sufrimiento de aquel señor y la idea que rondaba las mentes de los espectadores sobre la posibilidad de un pasado desgarrador, habían sepultado el local en un denso y oscuro silencio. Kerkus dominaba perfectamente la técnica, en cualquier momento, con un sólo chasquido de dedos el señor volvería a dormirse. Sin embargo, un tonto suceso fortuito ocurrió de repente: la música saltó violentamente de los altavoces, una tortuosa y agresiva música de discoteca que hizo trizas el silencio. Un problema en el sistema de sonido. Entonces, sobre el escenario, el hombre que sollozaba en la silla se levantó de repente, como si se hubiera producido su segundo despertar. Tenía los ojos desencajados, los brazos tensos, las manos abiertas. Se encaminó hacia el grupo de chicos del fondo y prendió a uno de ellos por el cuello. Se sucedieron entonces unos minutos caóticos; en aquel rincón se formó un bullicio sordo bajo la música estrepitosa que sonaba descontrolada. El hipnotizador Kerkus intentaba hacerse oír entre el tumulto. En pocos minutos la melé se deshizo, el sujeto salió con la cabeza alta y el cuerpo erguido de allí y se dirigió a la puerta. Kerkus intentó alcanzarlo, pero el hombre ya había echado a correr. Kerkus no imaginaba lo que podía ocurrir, sus presentimientos no eran nada buenos, pero sabía que el hombre había salido con la historia de su vida alterada por aquellos falsos recuerdos que él le había infundido.
La función acabó con aquella algarabía. El discjokey se lamentó del problema técnico y dio paso a una sesión de música latina. Algunos jóvenes se lanzaron a la pista.
Aquella noche, al llegar a casa,  Kerkus indagó en algunos manuales las distintas teorías sobre la hipnosis y sobre los efectos posteriores de las sesiones hipnóticas.  Su conciencia no estaba tranquila y el sueño retenido por la inquietud no hacía sino aumentar su estado de nerviosismo y las especulaciones tremendistas. Finalmente se quedó dormido en el sofá con un Tratado sobre la Hipnosis sobre el pecho.
A las nueve de la mañana le despertó una llamada telefónica. La mujer propietaria del local que había organizado el espectáculo le anunciaba los altercados que había protagonizado en algunos lugares de la ciudad el hombre que había hipnotizado la noche anterior. Según dijo, había agredido a un camarero, a un conductor que le había sonreído al parar en un paso de peatones y había tenido una trifulca con un guardia de seguridad, lo que motivó la presencia de la policía. Finalmente pasó la noche en comisaría. La señora le preguntó si creía que aquello tenía algo que ver con la sesión de hipnosis a la que el hombre se había sometido. Aquella noticia le inundó de desasosiego. Un nervioso temblor le recorría las manos. Acababa de darse cuenta de que estaba siendo una víctima más de sus prácticas sugestivas.
A mediodía Kerkus ya había decidido actuar. Después de hacer algunas averiguaciones sobre aquel hombre en la comisaría de policía, se encaminó hacia la casa de aquel. Vivía en un residencial de clase media de reciente construcción; el hombre era funcionario del Ayuntamiento, tenía dos hijos y su mujer regentaba una guardería infantil que se hallaba a pocos metros de su casa. Abrió la señora. Desconfiante al principio, cuando el hipnotizador le dijo que la noche anterior había hipnotizado a su marido, la mujer le respondió que su marido había tenido aquella mañana un comportamiento muy extraño. Había llegado, incluso, a golpear a su hijo mayor y a ella la había insultado al intentar oponerle resistencia. Según observó, su marido aquel día estaba irreconocible, no había dado explicaciones sobre dónde había pasado la noche y luego de la discusión se marchó dando un portazo. La señora le preguntó cuánto duraba los efectos de la hipnosis; al atisbar un pozo de dudas en la mirada y en el silencio del hipnotizador, le cambió la cara. Entonces le agarró el brazo y levantó ligeramente el tono de voz: “Por dios, no puede dejar usted así a mi marido”.
En la terraza del bar el hombre se encontraba rodeado de otros hombres que escuchaban con atención; departía entusiastamente contando alguna historia. Su voz era tranquila y alegre. El hipnotizador bajó unas estrechas escaleras, cuando estuvo en el mismo nivel que el grupo, algunas miradas se dirigieron hacia él. Al mirar, el hombre reconoció al hipnotizador inmediatamente. Calló entonces, los ojos se le tornaron serios y, antes de que Kerkus se acercara, salió a su encuentro. En el grupo de contertulios se creó una incierta expectación. Frente a frente, antes de intercambiar otras palabras, el hipnotizador se identificó. Al oír su voz, al hombre le inundó una sensación de protección, sus defensas se vinieron abajo. Kerkus vio que sus ojos estaban perdidos y quiso aprovechar aquella receptividad. Se fueron a un apartado. Entonces el hipnotizador flexionó la voz, clavó la mirada en sus ojos y pasó la mano por delante de su cara. Con aquel gesto logró absorber toda la atención de aquel hombre. Se dispuso a emplear su técnica para deshacer aquel entuerto: por medio de una dulce letanía Kerkus le evocaba sus recuerdos anteriores al episodio de la última noche, lo apaciguaba y le hacía saber que era un hombre normal, que quería a su mujer y a sus hijos, y que de lo que había sucedido el día anterior no recordaría nada. El hombre callaba, sus ojos no decían nada. El hipnotizador le tocó la frente e hizo un chasquido con los dedos. De pronto el hombre pestañeó varias veces e hizo un gesto de extrañeza, preguntando qué hacían en aquel lugar. El hipnotizador no quiso contar lo que había ocurrido y, con aire decidido, se despidió alegremente de aquel individuo volviendo a casa con la satisfacción de haberse demostrado a sí mismo ser un gran hipnotizador.
Todo ha sido una farsa, se dijo. Kerkus había llegado a esta conclusión después de descubrir que el individuo seguía haciendo de las suyas. Su mujer lo había llamado desconsolada para anunciarle que todo seguía igual, había empezado a agredirle a ella por cualquier fruslería, su hijo se había marchado de casa; desde aquel día no había vuelto al trabajo y la policía lo buscaba por diversos altercados. Hasta qué punto podría ser algo ajeno al hipnotismo fue algo que se planteaba continuamente el hipnotizador, buscando mecanismos psíquicos de defensa que lo libraran del sentimiento de culpabilidad que le azoraba. Pero las piezas que sustentaban esta hipótesis no encajaban. Y Kerkus seguía sin dormir tranquilo.
Sin embargo, el caso llegó a la policía y de esta trascendió a los medios de comunicación. Kerkus se convirtió de la noche a la mañana en el hipnotizador que cambió la vida de un hombre.Mientras Kerkus el Hipnotizador era aclamado en programas de televisión y en salas nocturnas, el hombre había vuelto a la calle. Desde hacía días vagaba errabundo de un lugar a otro, después de perder a su familia, a sus amigos, después de perderlo casi todo. Sin embargo, sorprendentemente, como si de la última esperanza para sobrevivir en aquel entorno hostil se tratara, el hombre acudió a la consulta del hipnotizador con el fin de pedirle ayuda. Al llegar a la consulta una secretaria le indicó que para visitar al doctor Kerkus debía tomar cita para otro día. él no estuvo conforme y discutió con la joven secretaria, luego él comenzó a gritar a la chica, lo que sirvió para que Kerkus saliera a ver qué ocurría. Cuando Kerkus se asomó a la sala de espera lo reconoció inmediatamente. Era él.
Era una sala oscura, una solitaria luz se proyectaba sobre un cuadro colgado en la pared. Desde un cómodo sofá azul, las palabras de aquel hombre comenzaron a derrumbar  todas las teorías sobre la conducta humana que Kerkus había concebido a lo largo de su vida: “La fuerza es mi única verdad. La gente teme a la violencia, y ante eso no hay ninguna razón que valga. Las personas viven con el miedo al dolor y a la violencia. Yo quiero convencerme de que no es así, pero cuando veo sus caras, ante un grito o un pellizco en el brazo, todos se vienen abajo, y todas las razones y argumentos se apartan de mi camino. Ni el mejor juez tiene la osadía de aplicar sus leyes cuando un cuchillo caliente pende sobre su espalda.”
El hipnotizador no podía entender lo que oía. Aquel sujeto había confesado auténticas barbaridades; había, incluso, matado. Kerkus entró en un estado de estupor profundo. Jamás había oído pensamientos de aquella índole; el individuo que le hablaba era un auténtico monstruo. Y la idea de haber sido creado por él penetraba por las rendijas de su mente hasta calar en su conciencia. ¿Y no era él responsable de todos los males que aquel hombre estaba causando en el mundo? Por un momento sus pensamientos se paralizaron y se sintió turbado. Comenzó a sentir un punzante dolor de cabeza. El hombre seguía narrando pormenorizadamente todos los golpes que había dado, la sangre que había hecho derramar, la crueldad que lo dominaba. ¿Qué podía hacer? Ahora dudaba de su técnica. Sus métodos ya habían fallado una vez con aquel monstruoso ser. Sin embargo, no quiso desperdiciar un último intento.
El hombre quedó dormido. De nuevo, comenzó a sugerirle otro pasado diferente. Estaba modulando su voluntad, le tocaba los ojos: se encontraban en la fase REM, la fase receptiva. Trabajó una media hora con él. Ya era demasiado tiempo, tenía que despertarlo. Sólo cabía esperar a que aquel hombre retomara su anterior vida para que él pudiera limpiar su conciencia.
Cuando el hombre despertó, el hipnotizador le preguntó si recordaba algo de lo que habían hablado. El otro se quedó pensativo, con la cabeza agachada, sentado en el sofá, intentando recordar tras el sueño. De repente, miró con ojos desencajados al hipnotizador, se levantó del sillón y lo prendió por el cuello de la camisa: “¿Qué ocurre? ¿Por qué no quiere curarme? ¿No se da cuenta de que así nadie me quiere, maldita sea?” Kerkus entendió que todo estaba perdido. Una sensación de terror le suplantó por completo el sentimiento de culpa que lo había dominado hasta entonces.
Lo volvió a dormir. En un momento salió a la sala de espera y le dijo a la chica que ya no recibiría a nadie más aquel día. La chica se fue a casa. En poco más de media hora la consulta quedó vacía; las luces del piso, apagadas. El hipnotizador salió entonces al rellano, sigilosamente estuvo escuchando el silencio que reinaba en el bloque, oteó desde arriba por el hueco de la escalera, se cercioró de que no había nadie, y cerró de nuevo la puerta. Entonces hizo una llamada de teléfono. La ambulancia apareció a los quince minutos. Un accidente.
A las tres de la madrugada Kerkus leía en el sofá de casa: era la Biblia. El sueño le consumía. Apagó la luz. Él tenía recursos para dormir: “quien a hierro mata...” se dijo esta vez, y se quedó dormido, profundamente.

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