"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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domingo, 15 de enero de 2012

LA ÚLTIMA LIBERACIÓN DE PROMETEO

José Antonio Nisa
Emile Caroso era el más grande pintor de la naturaleza. Desde sus comienzos había pintado en todo tipo de estilos, había utilizado todas las técnicas, y en todas había destacado. No fue, sin embargo, hasta que comenzó a dedicarse a descifrar el alma de la naturaleza a través de sus pinturas,  cuando el mundo se rindió a sus pies. Nadie, ni vanguardistas ni ortodoxos, absolutamente nadie, dudó jamás de encontrarse ante el mayor y más grande pintor de la naturaleza de la historia.
Emile vivió el éxito con la indiferencia de los grandes espíritus. Porque él era un auténtico artista:  no miraba hacia atrás para recrearse con la belleza depositada con su pincel, antes bien, para él la belleza era el propio acto creativo, la lucha que, para poder expresarse, emprende un espíritu contra la técnica y la materia. Su obra era exhausta, brillante, llena de pasión y elegantemente ceremoniosa con el tiempo y el universo. Y, sin embargo, a pesar de tener motivos para sucumbir a las vanas debilidades del hombre, él fue ajeno a las vanidades: los premios y cortejos que el mundo del arte brindaban a su reputación no sólo le eran insignificantes, sino que le molestaban, pues en ellos veía una prueba más del sinsentido de los actos humanos. Emile era todo un hombre, pues sólo los verdaderos hombres piensan en la humanidad, en ese ser abandonado por los dioses, y se preguntan cómo y por qué estos permiten tanta locura y sufrimiento en el mundo de los hombres. Tal era la categoría humana de Emile, el más grande pintor de la naturaleza.
En sus últimos años de su vida, Emile había querido dar forma a una fascinación que desde su más temprana juventud le dominaba: la de Prometeo Encadenado. Aquella sería la pintura de su vida, su obra maestra, había pensado. Tal pretensión, al principio pensada con cierta ligereza, poco a poco fue madurando en la cabeza del maestro Emile hasta finalmente llegar a convertirse en una obsesión que le flageló los días y las noches hasta el momento en que realizó el viaje más revelador de su vida.
El maestro planeó todos los detalles que conformarían su obra culmen, la obra que le inmortalizaría. Había contratado al fornido modelo que le devolvería la imagen de Prometeo, arreglado el pago al cetrero por la cesión del águila que picotearía su hígado y, finalmente, había fechado su viaje al monte Elbrus, la cúspide del Cáucaso, junto a su ayudante, el joven Paulo Bramonte, quien prometía ser el heredero de su magisterio a su muerte.
El monte Elbrus, la montaña de las mil montañas, se encontraba recubierta por su cara norte de multitud de glaciares. Un refugio enclavado en una terraza rocosa de la montaña esperaba al maestro y a su ayudante. El lugar se hallaba alto, y desde sus ventanas,  bajo los carámbanos que colgaban del alero, se podía contemplar la sublime belleza que componían las arterias rocosas de aquel monumento de la naturaleza, brotadas de entre el blanco nevado que dominaba la montaña, acariciando al gélido viento polar que día y noche hacía sus rondas alrededor de la montaña. Al amanecer un gigante nubáceo envolvía la ladera, y sólo hacia mediodía podía el maestro comenzar a trabajar sobre su óleo. Durante cinco días, agazapado en la comodidad de la cabaña, los trazados sobre el lienzo fueron tomando color. En lontananza figuraba la majestuosa cima; por lo alto, el cielo azulado estaba  impregnado por un velo blanquecino, y al primer plano un vacío esperaba la roca antonomástica sobre la que el maestro plasmaría la trágica escena.
El sexto día fue el día concertado con el guía para partir a la cima. Era la subida más suave, pero aún así Emile y su discípulo se habían preparado conscientemente para resistir las adversidades de la expedición. Partieron hacia el amanecer, envueltos en gruesas pellizas y herméticamente protegidos del frío. Aquel día el viento glacial brisaba suavemente y tras las primeras horas comenzó a hacerse soportable. Durante cinco horas de duro recorrido, llegaron al último refugio antes de la cima. Desde allí quedarían solamente cuatro horas de subida que emprenderían al día siguiente. El maestro no durmió aquella última noche, impaciente. Mientras su joven ayudante y el guía estaban sumidos en un profundo sueño, ajenos al monótono batir de la nieve sobre la ventana, él intentaba descansar sobre el pequeño catre el estado de nervios que le zozobraba. Al día siguiente, el guía lo encontró con los ojos abiertos echado sobre dos pliegos de papel en el que había dibujado esbozos de un titán furibundo, con un dolor desgarrador expresado en su rostro, y rodeado de unos ancianos con barba blanca. 
Se pusieron en camino de nuevo muy temprano. La ruta era complicada y requería hacer algunos descansos en lugares que el guía había previsto, al socaire del viento. Las nubes comenzaron a dispersarse hacia la media mañana, y sobre el cielo quedaron trazadas unas vetas blancas, como heridas de una batalla contra las gigantes nubes que lo habían cubierto toda la noche. El viento ululaba en sus oídos y apenas podían comunicarse. El sol ya había aparecido y quemaba los ojos. Tras cuatro horas y media, los tres hombres ya enfilaban la arista de la montaña en dirección a la roca emblemática que se erguía sobre la cima. Al llegar, el ayudante y el guía se sentaron al pie de la roca a descansar, al abrigo del viento. El maestro, sin embargo, extrajo su cámara de fotos del saco y comenzó a hacer instantáneas por toda la zona. La roca se elevaba imponente, y él quería absorberla por completo, a pesar del cansancio. Comenzó a rodear la roca y a fotografiarla desde todos los costados. De repente, al intentar capturar una panorámica del abismo que se abría desde aquella cúspide, Emile divisó un pájaro volando bajo ellos alrededor de la montaña. Planeaba, como un ave rapaz. En aquel momento Emile supo que sucedía algo extraño. Ningún rapaz puede vivir en aquellas condiciones tan extremas, y, sin embargo, allí estaba. Apuntó con el objetivo de su cámara hacia el animal y pulsó el disparador. Entonces, vio cómo el ave se acercaba al lugar donde él se encontraba. Apartó la cámara y observó extasiado a través de sus gafas protectoras cómo el ave se hacía cada vez más real. Sin poder dar crédito a lo que veía, Emile se apartó las gafas de los ojos, y vio cómo el ave se acercaba ya a menos de cien metros. Comenzó a temer, y con la ciega esperanza de que todos sus temores se desharían en pocos segundos, contempló cómo el ave sobrevolaba su cabeza, para ir a posarse encima de la roca. Se volvió a mirar arriba, pero no vio nada. Su fascinación le había sumido en una alucinación, tan real como lo que habían visto sus propios ojos. Al punto en sus oídos sonó un atronador grito de dolor que hizo temblar el cielo y las montañas. Su sentido de la realidad se desplomó de repente, y caminando con flaqueza llegó adonde esperaban los otros. Se acercó a ellos, y les gritó: “¿Habéis oído, habéis oído? ¡Dios mío! ¡Está ahí!” Pero tanto el guía como el ayudante, quedaron perplejos con aquellas palabras. Se acercaron a él y les contó a gritos lo que había oído. Pero nadie más había oído aquel estruendo. Los otros se miraron con complicidad, luego lo tomaron tiernamente por el brazo y lo hicieron sentarse en un asiento en la roca. El guía sacó agua azucarada y se lo dio a beber.  Una vez aplacado el primer ímpetu, el maestro intentó explicarles lo que había visto. El guía no entendía muy bien y lo miraba atónito en su incomprensión; el joven Paulo le hablaba despacio junto al oído, le comentaba que todo podía ser efecto del cansancio. El maestro los miraba con desconfianza y se dejaba tranquilizar. Aun así en su fuero interno desde aquella experiencia nada le convencería de que el gran titán no se encontraba encima de aquella roca. En un momento en que el joven Paulo se hallaba en completo silencio, mirándolo, el maestro se acercó a él, introdujo la boca entre la cabeza del joven y el gorro del anorak y le dijo: “Paulo, siempre he tenido la intuición de que el benefactor de la humanidad aún estaba encadenado. No podía ser de otro modo. Ahora, muchacho, ya no hay más dudas. Nos engañaron. Y Prometeo aún sufre por nosotros, por la humanidad, como hizo Jesucristo. Es nuestro deber salvarlo. ¿Me comprendes?” El joven Paulo comenzó a vislumbrar la verdadera dimensión de la locura de su maestro. Entonces le tomó por el hombro y le dijo: “Emile, siéntate y descansa. Descansa”.
No había pasado un cuarto de hora desde el desvarío del maestro cuando el guía anunció que era hora de bajar. El maestro se encontraba ahora de pie, examinando la enorme roca. Había dado varias vueltas a la misma antes de volver al lugar de resguardo. El guía les hizo saber que tenían que emprender el camino de vuelta, rápidamente, pues era peligroso que los sorprendiera el ocaso. Entonces, el maestro se dirigió al guía, y le gritó al oído: “Voy a subir a la roca. Tenemos que subir. Necesito vuestra ayuda.” El guía se negó con rotundidad, e incluso se llevo el dedo a la sien para indicarle que era descabellada la idea. El ayudante al principio se dirigió al maestro para hacerle comprender que era peligroso, pero en vista del delirio a que había sucumbido, acabó ordenándole con el ceño fruncido que debía emprender la bajada. El maestro entonces se apartó unos metros de ambos y gritó: “Yo subiré”. Aquel momento de tensión sobrepasó los límites de la paciencia del guía y del joven Paulo, quienes prendieron al maestro e intentaron tirarle entre ambos hacia el camino de regreso.
Inútilmente, pues el viejo se volvió y corrió de nuevo hacia la roca, gritando “Redención, redención. Yo sólo lo haré.” Los otros quedaron mirándolo volverse hacia atrás. Sus fuerzas ya eran las justas para descender. Entonces el joven ayudante le propuso sus planes al guía. Debían pedir ayuda. Pero desde aquel lugar la comunicación a la estación base era insuficiente. Así que sólo les quedaba avanzar hacia el siguiente refugio. Marcharon ambos, mientras poco a poco el maestro se les quedaba minúsculo dando vueltas y vueltas alrededor de la roca.
Las luces del cielo comenzaban ya a apagarse cuando un helicóptero sobrevoló la cima en rescate del maestro Emile. Lo encontraron tendido encima de la roca con los brazos en cruz, completamente congelado. Cuando el joven soldado bajó con el malacate e intentó levantar el cuerpo del maestro se dio cuenta de que estaba sujeto a la roca, le desenterró los brazos y observó algo que le dejó de piedra: las muñecas se encontraban engrilletadas a una cadena sujeta a la roca. El militar lanzó un grito a su compañero y volvió a subir. El rescate del maestro había fracasado.
El joven ayudante Paulo Bramonte volvió al día siguiente con la expedición que acudió a por el maestro Emile. Lloró tras sus gafas oscuras cuando el maestro fue retirado por el helicóptero. Los militares hablaban ruso y no los entendía. Pero uno de los guías le observó que aquello había sido un milagro, pues nadie conocía aquellas cadenas en la cima de la piedra.
Meses más tarde, el joven Paulo dio por terminada la obra inconclusa de su maestro, como había prometido. En su memoria, la expuso en una galería junto a otras obras de su preceptor. En lontananza figuraba la majestuosa cima; por lo alto, el cielo azulado impregnado por un velo blanquecino, y al primer plano, encima de una roca, un hombre anciano semidesnudo encadenado, con un gesto de angustia en la cara, volviendo la mirada hacia el titán Prometeo, que volvía a quedar libre del castigo de Zeus, y que portaba de nuevo la antorcha con la que apuntaba hacia abajo, el lugar de los mortales.

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