"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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domingo, 21 de agosto de 2011

La revolución de la forma no es forma de revolución



Nadie podrá dudar a estas alturas que la revolución estuvo en la forma, más que en el fondo. Y esta fue la constatación de que el fenómeno de las redes sociales a través de Internet o de las comunicaciones vía SMS ha alcanzado un poder equiparable al de la televisión o la radio. Al mismo tiempo su carácter mostrenco impide que nadie pueda dominarlo, ni poseerlo, ni abducirlo, pues su propia naturaleza impide cualquier zarpazo de los poderes fácticos del sistema. Aún no se sabe cuál es la verdadera magnitud de su poder, pero la red ha alcanzado niveles exponenciales inasibles, se ha universalizado, alcanzado todas las capas sociales, y absorbido la cultura, la incultura, la bondad, la vesania, la crítica, la filiación y todos los impulsos humanos susceptibles de ser aireados a través de un teclado. Los bulos corren a menudo, pero no tardan en descubrirse; las falsas alarmas suenan, pero se detectan: este sistema tan masivo tiene además una capacidad de autocontrol jamás vista. En ese sentido Internet se ha convertido en el antídoto de la televisión y la radio, medios unidireccionales que sirven y han servido a los distintos gobiernos o a los poderes económicos en la oposición para crear corrientes de opinión en uno u otro sentido.
Y sin embargo, todo este sistema no es por sí sino una revolución en la forma, como ya dijimos. El desarrollo de Internet ha supuesto la verdadera revolución del conocimiento en este siglo, como lo fue el libro en el siglo XVIII, cuando dejó de ser un objeto de lujo y se convirtió en una mercancía al alcance del vulgo. Sin embargo, sería un error pensar que Internet por sí mismo puede cambiar el mundo y erradicar los desmanes de príncipes y gobernantes de la faz de la tierra. Si en pleno siglo XIX los libros eran un antídoto de la propaganda gubernamental, objetos de culto revolucionarios con el que conocer algo más que lo que contaban los poderes económicos, la lectura y el cultivo del conocimiento siempre escaparon de una masa demasiada alienada por el trabajo y la supervivencia. Hoy día, cuando los conocimientos están a un golpe de clic, cuando las pantallas de diecinueve pulgadas nos colocan la información a la altura de los ojos, parece que estamos ante una repetición de la historia: la mayoría de la población se haya aún alienada, presa de un analfabetismo y una mirada bovina ante los manipuladores de masas omnipresentes que nos avasallan a través de la televisión. No podemos esperar que de esta situación salga, obviamente, ninguna revolución que sea justa.

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