"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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lunes, 5 de septiembre de 2011

CRUZARÉ MIL VECES EL RÍO PARA VERTE




María esperaba a la sombra de unos sauces que se balanceaban sobre la corriente del río. En la espera, la juguetona brisa ribereña columpiaba sus cabellos despeinados. Su rostro,ufano y relajado, parecía hechizado por el río inquieto. Dieron las cinco, y el viejo abrió la cadena del trasbordador. No había nadie más. María se levantó y se concentró en bajar los peldaños hasta la plataforma. El viejo se acercó y le ofreció su mano para bajar; ella percibió su olor, su tacto, las líneas marcadas de la vejez. Luego el hombre esperó tres minutos, tras los cuales cerró la cadena y puso el motor en marcha. El viejo le hablaba: le contó lo del perro, cuyo ojo fue extirpado por las uñas del gato en una pelea; reflexionaba sobre la crueldad: “La crueldad y la sensibilidad cambian con las generaciones”, decía. Ante el silencio de María, calló y la miró con ojos cansados de mirar. Ella vio de repente cómo el río había penetrado a lo largo de tantos años en su rostro.
Al llegar a la otra orilla, el viejo amarró la plataforma y se dirigió a la entrada. Abrió la cadena y se despidió de la chica con la misma mirada cansada. En ese momento ella acercó su cara al hombro del anciano, cerró los ojos e hizo una alegre y solemne aspiración. Luego le miró fijamente y al fondo de su rostro vio unos ojos azules cuyas pupilas titilantes le confirmaban su teoría. Bruscamente volvió la mirada y se despidió de él, con la satisfacción de haber resistido de nuevo el impulso ciego de decirle “adiós, papá”.

1 comentario:

  1. Bella biblioteca la tuya, José. Me gusta pasear mis ojos por tus historias. Un abrazo, amigo mío.

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