"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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martes, 13 de septiembre de 2011

LA OCUPACIÓN

José Antonio Nisa


El pequeño se aprieta contra mi cuerpo, balanceando suavemente las piernas como un péndulo que muere. Aún tiene los ojos hinchados pero ya ha dejado de temblar. El primer golpe de terror ya lo pasó, ahora está desolado. Me ha preguntado varias veces por Lorenzo. “Papá está al llegar”, le contesto. No me permiten llamarlo por teléfono.
Javier me llamó desde el departamento, ya se había extrañado de mi ausencia. “¿Ocurre algo, María?” El soldado me conminó con el dedo índice a que midiera las palabras. “Javier, hoy no iré a la oficina. Ya te contaré. Ahora no puedo hablar. Es una ocupación.” “¿Cómo dices, María? ¿Ocupación?”
El soldado me arrancó el teléfono de las manos y colgó bruscamente.
“¿Ocupación?”, Javier repitió sorprendido. Era raro que no supiera nada. Él siempre estaba al día. Desde la primera hora de la mañana, antes de que el sol saliera, ya conocía los sucesos de que hablaría el mundo durante la jornada. Pero no, no sabía nada. Había repetido instantáneamente la palabra “ocupación”. No tardará en venir cuando acabe la mañana.
Nos han confinado en la cocina. Mi hijo no entiende nada de lo que sucede. Al principio vio el miedo en mi cara y echó a llorar. Ahora cierra los ojos.
Escucho ruido en el estudio. Parece como si los libros cayeran de las estanterías a plomo. No puede ser. El soldado guardián sigue apostado en la puerta. Fuma. La primera vez me llamó “burguesa”, y rió. Luego me agarró por el brazo y me empujó violentamente hacia la silla. Le pregunto qué están haciendo en la librería. El muchacho tiene bien aprendida la lección. Es una letanía ya conocida que resuena en mis oídos como si viniera de muy lejos: “La cultura al servicio de la burguesía. Eso es. La ciencia, para oprimir al pueblo. Es para lo que siempre ha servido. En esos libros están todos sus cálculos, todos sus métodos de explotación, con los que nos miden y nos pesan. Esta es su sabiduría: una forma de exprimir la fuerza del pueblo, para luego despreciarnos y mandarnos a la miseria. Pero ahora se acabaron los privilegios, los libros, el clasismo, ¡la opresión!” Mientras vaciaban las estanterías el jefe alentaba a los soldados con expresiones de esa enjundia.
Están ahí, en la habitación de al lado. Ejecutan su venganza. Venganza. Ellos sólo pueden rebelarse contra el hombre porque ya han sido derrotados por el destino. No tienen más opción que cortar cabezas.
Me ha dicho el soldado que nos llevarán al campo. Pero ¿y mi casa? Llevamos tan sólo dos meses viviendo en ella. Mi padre no podrá soportarlo. La casa que cedió a su hija, expoliada. Morirá de un infarto. Él se enorgullecía de esta casa. Se jactaba de haber visto correr por sus habitaciones a sus cinco hijos durante treinta años, de haber visto descansar en paz a la abuela en su propio lecho, de haber creado su jardín, de haber visto huir los fantasmas de la ruina. En la última Navidad anunció su agotamiento: sus fuerzas ya no estaban para ocuparse de esta enorme casa. Recuerdo que en aquel momento, como si hubiera sido algo ignorado durante siglos, todos pensamos en sus setenta años, y en la muerte que se asoma a las puertas de la debilidad con su lanza erguida. El nuevo piso de mis padres es pequeño. Lorenzo no veía con buenos ojos nuestro traslado a esta casa, tan enorme y tan escurridiza, pero no pude rechazar el ofrecimiento de volver a la casa donde pasé mi infancia, donde vi nacer a mis hermanos, o morir a mi abuela, donde celebré mis veinte primeros cumpleaños, y donde luego, después de abandonarla, viví tantos reencuentros... Había mucha vida acumulada en cada centímetro de esta casa.
Por detrás de la puerta pasan dos soldados cargando un cuadro: El Grito de Munch. Estoy comenzando a asumir mi situación de derrota: ya sólo aspiro a salir de aquí con mi hijo, y caminar por la acera sin ningún soldado apuntándome. Aun así hago un estúpido intento de reivindicar aquella obra de arte. ¡Eh, oigan, no pueden llevarse ese cuadro!, grito. El soldado se interpone en mi camino y me devuelve a mi sitio.
Ojalá a papá se le olvide venir aquí hoy. Podría matar a alguien. Pero no ocurrirá. Le pregunto al soldado si puedo hacer una llamada telefónica. Me ignora y se dirige al frigorífico. Saca un pedazo de queso y una lata de cerveza. Lorenzo guarda en un cajón del buró las recetas de mi padre. Hoy vendrá a por ellas. Necesita esas pastillas para el corazón.
Un tipo con barba y gafas oscuras entra en la cocina. Se mueve aprisa por la habitación, está buscando algo. Debe ser un jefe. “Nosotros también somos trabajadores”, digo, con la imposible esperanza de que el tipo pusiera mientes en aquellas palabras. Me he sentido ridícula diciendo aquella obviedad, pero pensaba que en su dialéctica podría ser una frase exculpatoria. Sé que habíamos sido acusados de algo. No sé de qué, pero el proceso de expiación ya está en curso con esta ocupación. “¡Burgueses!”, me escupe a la cara aquel individuo. “Qué sabréis qué es el trabajo”, apostilla. No sé de qué habla este tipo. Puede ser que todo se deba a una confusión. Trabajo. Nunca había sentido miedo ante esa última palabra, pronunciada con tanta ira, sin mirarnos a la cara, mientras se afana abriendo las puertas de los muebles de la cocina. “Si quiere comer algo, en el rincón está la despensa.”, digo inocentemente. Pero el hombre se ha sentido dolido y bruscamente me agarra el cuello de la camisa: “Mira, burguesita, mejor cierra la boca. Esta casa acaba de ser liberada, y ahora es propiedad del pueblo, ¿entiendes? No somos tus invitados.” De pronto no entiendo a qué llama aquel desgraciado “el pueblo”, pero me callo.
Lorenzo regresa del hospital a las tres. Aún quedan veinte minutos. Si hubiera alguna manera de avisarlo. ¿Qué está ocurriendo en la ciudad? No se oyen sonidos de sirenas, ni gritos ni bullicios. ¿Es posible que aún el mundo no se haya enterado de esta venganza? ¿Y la policía? ¿Y el gobierno?
Mañana regresa Antonio.¿Qué habrá ocurrido en la universidad? Se lo pregunto a mi guardián. Pero no me responde. Fruto de mi desesperación, comienzo a hablar con el soldado de mi hijo mayor. “Antonio es un chico inteligente. En el pasado curso obtuvo dos matrículas de honor. ¿Sabe? Es un chico extraordinario.” De repente, el joven de verde me interrumpe con la voz quebrada:
- Señora, sé que usted es una de las mejores neurólogas.
Esto me parece una frase esperanzadora. Si al menos este joven hablara mi mismo idioma.
- Mi madre tiene un tumor en la cabeza y está esperando una operación.
- Lo siento de veras.
De repente se ha abierto un silencio entre ambos creado por dos situaciones muy penosas. Entonces el chico rompe el muro de su fidelidad a la guerra que representaba.
- ¿Usted cree que tiene posibilidades de sobrevivir?
- Claro que es posible que todo vaya bien….
- ¿No podría usted hacerse cargo de ella? –se ha lanzado directamente el soldado por una senda curtida por la desesperación. Pero yo no digo nada, tan sólo lo miro fijamente a los ojos, para que se de cuenta de la situación en que nos encontramos. Intentaré hacerle comprender.
- ¿Por qué permites que se destruyan esos libros? ¿Por qué participas de todo esto?
- Sé que es extraño, pero se trata de la revolución, y para la revolución los privilegios han acabado.
- Entonces entiendes que tener libros o una casa es un privilegio, ¿no es así?
- No se trata de eso. Es la vivienda. Ya sabe: es una gran vivienda.
- ¿Y tengo yo la culpa de tener lo que tengo y de ser quien soy?- grito con un hilo de desesperación en la voz.
Quedamos invadidos por el silencio. De pronto un nuevo soldado aparece por allí sin ningún motivo aparente. Contra este último descargo mi indignación:
- No, ustedes no queréis justicia. Ustedes sólo queréis venganza.
- Es mejor que se calle, señora –me dice el soldado joven.
- Justicia... ¿Y qué harán con las grandes personas? ¿Cortarán los brazos a los artistas?
- Ya no habrá grandes personas, la igualdad será un principio –apunta alegremente el nuevo miliciano.
- Pero, ¿cómo podrán devolver la vista a los ciegos, o el habla a los mudos?¿cómo podrán ordenar los deseos de los hombres? Díganme. ¿No se dan cuenta de que todo eso es una quimera?
- No, señora, ya no existirán ciegos ni mudos. Todo empezará de nuevo bajo un nuevo dios de la justicia y de la igualdad.
- Pobre muchacho –quedo de nuevo agotada ante la cerrazón de aquella panda.
Un alegre jaleo resuena desde el salón. Se oye la televisión. Ahora mi joven guardián es relevado por el nuevo. Este otro está visiblemente bebido. Se sienta y echa la cabeza sobre el bastidor de la puerta.
Se oyen gritos en la puerta. Reconozco la voz de Lorenzo. Me levanto como un resorte, el soldado me detiene, me empuja y caigo al suelo. Poco después, Lorenzo entra en la habitación con las manos atadas atrás. Tiene la ceja ensangrentada. Le abrazo pero otro soldado nos separa. Parece ser el jefe. No tiene más de treinta años. “Doctor Merino, ha sido acusado de posesión ilegítima. El Estado se encargará de proporcionarle una nueva habitación. A usted y a su familia. Esta casa pasará a ser propiedad del pueblo. El estado se encargará de todo...” Lo tiene aprendido de memoria el tipo.
Es interrumpido por nuevos gritos en la puerta. Reconozco la voz de papá. Pongo al corriente al jefe del asunto de mi padre, de su corazón, de las pastillas, pero parece un tipo asquerosamente indolente. Se ríe el imbécil. La ira comienza a brotarme por la boca, insulto y arremeto contra aquellos malditos. Lorenzo me grita para que me calle, pero no puedo quedar impasible. Ingenuamente ordeno a aquel tipo que entregue la medicina a mi padre. No soporto esa risa. Salto sobre él enseñando las uñas. Me empujan y me golpeo con la mesa que hay bajo la ventana. De pronto miro por la ventana abierta, no se ve nada. El jardín. Creo que ha llegado el momento de dar el salto. Sin pensarlo corro hacia aquella salida: el vacío.

Abro los ojos. Veo el horror en la sonrisa de mi padre. Ha perdido un ojo. Un velo rojo le cubre esa cavidad vacía. Siento que la camilla en la que reposo se mueve al ritmo de un motor. “¿Dónde vamos?”, le pregunto a papá, pero él calla. “Es una venganza, ¿verdad? ¿Te dieron las pastillas?” Su cabeza se tambalea. Sé que está muerto. Me dan ganas de gritar pero sólo contemplo por un pequeño ventanuco que hay en el vehículo las fotos oficiales de la nueva ciudad. La cúpula de la catedral finalmente no fue destruida, a pesar de haber sido construida por los capitalistas. “Es una suerte”, digo, pero mis palabras han perdido el eco. “Lástima, también tú te habrías alegrado de ello”, le digo a él, sabiendo que ya nunca entenderá nada.

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