"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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sábado, 8 de octubre de 2011

LOS TAHÚRES


 José Antonio Nisa
          El humo se deshilachaba bajo un luminoso foco que pendía sobre el centro del tapete verde. Apenas se distinguían las caras macilentas e incógnitas de los tahúres, cuatro, que sólo cargaban el vaso de whisky entre partidas, pues cualquier gesto podía delatar las más intrincadas intenciones. De repente se abrió la puerta bruscamente y una sonora carcajada de mujer entró en la sala oscura desde el fondo, un largo vestido blanco se acercaba desde la lejanía, contoneándose al ritmo de una risa ebria.
- ¿Hay algo más importante que el amor? –decía la mujer a medida que se acercaba a la mesa- ¡Sí! ¡El juego! ¿Y hay algo más importante que el juego? ¡Sí! ¡La política! ¡Ja, ja, ja! ¿Y hay algo más importante que la política? Lo veo por aquí: ¡El whiskie! Ja, ja, ja...
            La mujer acababa de profanar un espacio sagrado y tácitamente vedado para el sexo femenino. Inconsciente del terreno que estaba pisando, se acercó al marqués y se sentó en sus rodillas. Éste, conservando la tranquilidad, con media sonrisa de disculpa en los labios, dirigió a los demás una mirada rezongona.
- Creo que es mejor que te vayas y esperes abajo en el bar, Isabel –rompió a decir cuando la mujer echó la cabeza sobre sus hombros.
- No puedo volver abajo, cariño. Acabo de romper una botella en la cabeza a un señor –dijo ella, irguiendo la cabeza por un momento.
- No sería de los nuestros, supongo-. El marqués echó a reír. Los demás señores comenzaron a torcer el rostro, ante el cariz de continuidad que parecía adquirir aquella conversación entre esposos.
- Era un jodido liberal. He discutido con él, y me ha insultado. A mí, a la marquesa. Eso es inadmisible.
            De repente, al oír aquellas palabras, la cara del marqués quedó petrificada. Entonces miró seriamente a los allí presentes y, antes de levantarse, se excusó cortésmente. Ayudando a la mujer, ambos salieron. En el rellano de la escalera el marqués le pidió explicaciones a su mujer por aquel número, pero esta se negaba a aclarar nada. Sus palabras perdían sentido en su boca y sólo se centraba en insultar a la víctima: “Era un jodido liberal, un canalla, y además se me estaba insinuando el muy sátiro...”
El marqués bajó al bar. Junto a la barra, alguien, visiblemente nervioso y sobresaltado, se hallaba volcado sobre un señor que yacía en el suelo, intentando reanimarle. Era el camarero, un chico joven, con un grotesco bigote, muy negro y perfectamente recortado, que, con voz grave y temblorosa se volvió hacia los marqueses.
- Señor marqués, esto es una desgracia: el diputado Marcelino no respira, no le encuentro el pulso. Señor marqués, ¿estará muerto?
El marqués se incorporó sobre el diputado accidentado y le levantó los párpados. Luego se volvió hacia su mujer.
- ¡¡Dios!! ¿Qué has hecho? –rompió en grito. Al segundo, intentó hacer acopio de serenidad mirando al suelo, con las mientes puestas sobre el asunto que le acababa de llegar desde los infiernos. El camarero hizo una pregunta estúpida:
- Señor marqués, ¿llamo a un médico?
- No, -dijo bruscamente- aquí tenemos un médico. Tranquilízate, ¿de acuerdo?, esto lo resolveremos nosotros. Tú ve arriba y di a don Antonio que venga rápido.
El marqués, ayudado por la marquesa que apenas se podía mantener de pie y que no paraba de refunfuñar, acomodó el cuerpo del diputado en un sofá. Al punto llegó don Antonio, el médico, con paso lento y ceremonioso. Al ver la cara ensangrentada del diputado pidió al camarero un poco de agua y algunas vendas. Luego le limpió la sangre del rostro, le tomó el pulso, le miró los ojos con detenimiento y declaró con solemnidad que estaba vivo, aunque precisó que no sabía cuándo despertaría.
El marqués exhaló el aire contenido, la peor posibilidad que podía ocurrir ya se había esfumado; ahora quedaba simplemente esperar, aunque aún no había caído en la cuenta de que al día siguiente, es decir, en unas diez horas, se abrían los distritos para las votaciones. Era día de elecciones.
Mientras tanto, la marquesa se había quedado dormida repantigada en un sofá de cretona blanca con unos estampados de escenas mitológicas. Zeus lanzaba un rayo sobre su cabeza.
El joven camarero limpiaba el suelo aún con las manos temblorosas cuando se le acercó el marqués para indagar en lo ocurrido.
- Señor, yo no sé muy bien, pero el diputado don Marcelino estuvo muy contento toda la noche. Creo que había bebido demasiado. Lo noté cuando empezó a alzar el tono de voz. De pronto empezó a decir que los liberales eran los elegidos para implantar la justicia, la igualdad y el progreso en el mundo, que el pueblo era sabio y que ellos iban a triunfar. Luego, viendo que se estaba creando alguna tensión entre la gente, el presidente don Leopoldo le abordó para pedirle algo que no entendí, pero a partir de ahí el diputado calló durante un rato. Fue entonces cuando entabló una conversación con la marquesa. Le oí algunas palabras pero no puedo decirle, señor, qué fue lo que provocó el estallido de la marquesa. Al principio hablaban de política. En un momento me dijo que me acercara, entonces comenzó a llamarme por don Avelino, diciendo que yo no me debía sentir inferior a nadie, que era un hijo del pueblo tal como la marquesa. Hasta qué punto llegó aquella conversación no le puedo decir, pero finalmente la marquesa comenzó a reír y acercarse para hablarle al oído al diputado. Cuando así estaba la cosa, y todos los demás se habían ido, de repente estalló una botella de whisky en la cabeza de don Marcelino.
- Sin duda ha sido una provocación –concluyó el marqués.-¿Qué demonios, si no, podía hacer un liberal en este casino? Ha sido una provocación. Una provocación... –se repetía una y otra vez.
Dieron entonces tiempo al señor diputado don Marcelino para que tuviera un sueño tranquilo antes de despertar. El camarero había sido prometido ser recompensado mientras aguardaba ese momento, cuidando y dando las oportunas noticias a los tahúres que, de nuevo, se reunieron en el oscuro salón de juegos de la segunda planta.
Cambiaron el tercio, retiraron las apuestas y comenzó a correr el whisky más profusamente que en las serias partidas anteriores. El médico anunció que no se podía prever cuánto duraría la conmoción, y que se habían dado casos de caer en un coma irreversible a causa de una lesión de parte del cerebro. Otro de los jugadores, Don Alquíades, uno de los empresarios más importantes de la región en el sector de los jabones, y candidato a la presidencia de la diputación en las últimas elecciones por el Partido Conservador, había propuesto deshacerse del diputado y dejarlo en la puerta de alguna taberna sentado, asegurando que así, de paso, después de “haber sido víctima en una reyerta de tugurio”, la reputación de ese “liberalillo” quedaría manchada ya de por vida.
- No sabemos si recuperará el recuerdo de lo que ha ocurrido hoy aquí. ¿Y si recuerda perfectamente todo? Eso sería nuestra perdición –objetó el marqués.
- Sólo queda esperar, no sabemos si recordará o no. Quizá no estuviera tan bebido como para olvidar el golpe. Esos estados de shock son imprevisibles –dijo don Antonio, el médico, reponiendo el whisky en los vasos.
- ¿Y el chico? No lo conocemos. No sabemos nada de él. Lleva poco tiempo aquí y nadie nos puede asegurar que no hable. –El empresario estaba utilizando palabras con una comicidad sonora. Casi se podría decir que, sin darse cuenta, estaba representando el papel de mafioso.
- Yo hablaré con él –dijo el marqués-, tengo un trabajo para él que le hará perder la memoria de lo que ha ocurrido aquí esta noche para siempre.
- No lo colocarás en el comité del partido, ¿verdad? –don Antonio atinó a utilizar el humor, ocultando así una vergüenza que le estaba ya turbando moralmente.
La conversación, el alcohol y el humo se fueron haciendo cada vez más espesos, conforme pasaban las horas y el diputado no abría los ojos. La tensión se iba ocultando bajo el placer del juego. El cuarto jugador, un importante abogado de la ciudad, que había hablado a lo largo de la noche sólo para asentir o matizar algunas sentencias, comenzó a impacientarse:
- Son las cinco de la madrugada, señores. Creo que ha llegado la hora de tomar una determinación. Ahora mismo todos somos cómplices de un delito del que no sabemos las consecuencias. Dentro de cuatro horas toda la ciudad comenzará a buscar al candidato del Partido Liberal, y si no aparece, la policía no tardará en venir aquí. Hubo demasiada gente que lo vio entrar en el casino anoche...
No terminó de hablar cuando alguien llamó a la puerta con unos golpes rápidos. El camarero abrió sin esperar respuesta:
- Perdonen, señores. Pero el diputado don Marcelino ha insistido en subir. Dice que quiere echar una partida.
Una nerviosa excitación brotó de pronto entre los tahúres. Se cruzaron miradas, la expectación tenía cierta alegría contenida: al menos se habían disipado los peores presagios. El diputado entró con la brecha en la frente, de la que parecía no haberse percatado. Llevaba el pelo alborotado. Entró y se acercó a la mesa con paso lento y firme, sin decir palabra. Los tahúres lo miraban con cara seria. Él fijaba la vista en la luz que colgaba sobre la mesa, sin pestañear. Entonces rompió el hielo que se había creado entre las figuras de los jugadores:
- Bien, echemos una partida de póquer, señores. Hoy es un día grande para el Partido Liberal.
El marqués se apresuró a tomar la baraja y, sometido a una inquieta incertidumbre, comenzó a repartir cartas. El diputado se sentó y esbozó una sonrisa a los demás jugadores. Los demás, en absoluto silencio, lo miraban de reojo, buscando una explicación a su conducta. De pronto el marqués lanzó el primer órdago a la suerte.
- Y bien, don Marcelino, qué le hizo venir hoy por estos lugares tan inhóspitos, políticamente hablando, claro.
- Como le dije a la señora marquesa, que, como acabo de comprobar ahora, ha sucumbido a mis ideas, a partir de mañana comienza una nueva vida para el casino. El Partido Liberal va a declarar este espacio como un bien público y por tanto constituirá a partir de entonces un lugar para el uso y disfrute de todos los ciudadanos, sin distinción de género, ni de condición social ni económica. Señores, a partir de mañana, se acabaron las prerrogativas de la nobleza. Y por eso yo, adelantándome al inminente futuro, he llegado para tomar la nueva “bastilla”, mi victoria en esta partida así lo declarará...
Don Antonio, el médico, fingió una sonrisa que no entendieron los demás. Don Alquídes, el empresario, lanzó una mirada cómplice al marqués. El abogado miraba tímidamente. Entonces el marqués, con los humos subidos por la acumulación de alcohol, se levantó entonces al excusado con la intención de buscar de otra botella de whisky. Los demás cambiaron mientras tanto el tema de conversación: la suerte, el miedo, la economía,... Pero de pronto la cara del diputado don Marcelino cayó a plomo sobre el tapete verde: El marqués acababa de estampar otra botella de whisky sobre su cabeza, derramando más alcohol que sangre y haciendo valer, definitivamente, las propuestas que se habían dado horas antes sobre qué hacer con el intruso.
Cuatro horas más tarde, el primer transeúnte del callejón El Canal, una señora mayor,  encontraba sentado en el portal de una taberna de fachada oscura y macilenta al diputado y candidato del Partido Liberal, don Marcelino Pérez, sin pulso, víctima de alguna reyerta cavernaria de sábados de reflexión. La señora continuó calle arriba en busca del pan del día. “Qué vamos a esperar de estos liberales”, se dijo.

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