"Y cuando Dédalo, con toda su sabiduría e inteligencia, ufano de su gloriosa ciencia,
vio bajar el sol, descubrió su sombra, negra, aciaga, creciente, voluptuosa, y
entonces entendió que él también estaba allí."

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sábado, 29 de octubre de 2011

INTERRUPTUS

            Abrió los ojos. Ante él, una cara extraña esbozaba una amplia y forzada sonrisa intentando transmitirle una alegría que él no podía sentir. A través de un velo borroso, sus ojos indiferentes miraron a aquella mujer. “Hola, soy yo”, brotó suavemente de los labios de Judith. Y entonces un río de recuerdos comenzó a brotar sobre su conciencia: una noche de placer, un haz de luz de mediodía abalanzándose sobre su cara somnolienta, las cortinas descorridas, su cara iluminada bajo un halo angelical, su sonrisa. Sí, era ella. De pronto quedó nuevamente desconcertado. Una enfermera se acercó a  la cama, Judith se retiró con cara amable. La señora, con su cofia blanca, le colocó un termómetro bajo el brazo, miró el reloj y abandonó la sala con aire urgente. Reconoció entonces el lugar donde se encontraba. La ventana, el crucifijo, el verde agua de las paredes: lo había visto todo en otros hospitales. Comenzó a observarse: la sangre fluía a través de unos tubos de goma transparente que le cruzaban el pecho, desde el brazo hasta la boca. En aquel momento le sorprendió la mano de Judith, acariciándole la cara con ternura. Él buscó con la mirada la otra mano de la chica y vio cómo se apoyaba en su antebrazo derecho. Algo le resultó extraño. Centró todos sus sentidos sobre su brazo derecho y, entonces, un frío sudor le sacudió el cuerpo: no sentía aquella mano sobre su brazo. Miró de nuevo la cara compasiva de Judith y quiso transmitirle con la mirada lo que acababa de descubrir. Ella notó su mirada triste y preocupada. Entretanto volvió la enfermera, acompañada ahora por el doctor, un hombre alto y garbeado con bata blanca. Se acercó diligentemente y, con gran aplomo, se lo aclaró todo: probablemente no volvería a andar.
A solas, él quedó atrapado por el vestido corto de Judith. Cuando ésta se puso de pie, sus muslos parecían hacer todo lo posible por mostrarse a su vista. Poco a poco el deseo comenzó a atravesarle. Entonces el calor comenzó a abrasarlo, el sudor comenzó a brotar, su corazón latía desenfrenado. Se desmayó, aunque sólo pareció que se dormía.
Al despertar de nuevo, no había nadie en la habitación. Con el sueño se había esfumado aquella dolorosa sensación de punto y final, de muerte en vida, y su mente se hallaba cargada de energía.  Su primera reacción fue la de llamar al doctor. Con cierta dificultad en su hablar, quiso saber qué partes de su cuerpo podrían recuperar la sensibilidad. El doctor le indicó que nada se podía saber con certeza, que había que dejar pasar los días  y observar la evolución en las próximas semanas.  Respuesta inocua que él imaginó haber escuchado demasiadas veces como una premonición aciaga. Una profunda desesperanza le invadió entonces. Volvió a enfermar dentro de su propia enfermedad.
A la mañana siguiente Judith llegó con más entusiasmo aún. Sonreía y bromeaba, quizá forzadamente. En cierto momento descolgó el pulsímetro del cabecero de la cama y se dispuso a tomarle las pulsaciones. Él se mostraba amable, pero sin fuerzas. El perfume de Judith le alteraba el pulso; cada vez que ella se acercaba a él una bella melodía le acariciaba el deseo. Cuando ella se levantó para abrir una ranura en la ventana él concibió una idea perversa y autodestructiva: decidió proponerle un juego más íntimo. Ella sonrió sorprendida, pero accedió. Entonces, él no pudo sentir sus manos sobre su regazo. El anterior sentimiento de impotencia le invadió de nuevo, pero ahora era un sentimiento depurado, nítido, que lo arrastraba al deseo de morir. Y estaba decidido a hacerlo, cuando tuviera las fuerzas para ello.
El martes siguiente Judith llegó con una botella de vino sin alcohol. Aquello le pareció una aberración de la naturaleza. “Yo también soy ya un vino sin alcohol: otra aberración”, le comentó. “Tú eres mi vino, con eso basta, y sólo tienes que recuperarte”, le espetó ella con valentía. Entonces él volvió la cabeza hacia el otro lado y balbuceó su nombre en voz baja. Ella se inquietó: “¿Qué piensas? ¿Qué te ocurre?” Él le anunció que no sentía nada. “¡Nada! ¿Comprendes?”, le gritó finalmente. Ella le cogió la mano, espiró largamente aparentando no darle ninguna trascendencia a sus palabras y lo miró fijamente: “Yo te quiero a ti, no a tu sexo. También tú debes comprender”. Sin embargo, él notó que aquellas palabras estaban atravesadas por un hilo de compasión. Y de repente aquel pensamiento pueril se multiplicó como por obra de una mano demoníaca: “No, no es un hilo de compasión, es un doloroso torrente de compasión, y yo soy su objetivo, su maldito objetivo, ¡no, no, no!”, pensó justo antes de rebelarse contra su propia desgracia de la forma más destructiva. Sus ojos se volvieron hacia la locura y comenzó a gritar a Judith, diciéndole que se fuera de allí. Ella, sorprendida, no podía entender. Lo miró con ojos crueles y salió de la habitación.
Él quedó muerto. Aquel arrebato le hizo mal a su mejora, pero lo había determinado: tenía que ser así. Sentía que todo lo que le ocurría le era merecido y no quería ver ningún síntoma de compasión alrededor suya. Era un muerto en vida, nada corría ya por sus venas, y sólo esperaba que los doctores hicieran algo rápido para aliviarle aquella carga insoportable.
Al día siguiente apareció por la puerta su hermano. Era dos años más joven y tenía todo un futuro esperándole en los cuerpos especiales del ejército. Conversaron entre risas y miradas extrañas. En un momento el militar calló y le dio la mano. Él presintió que aquello era una mano de despedida. Y comprendió que una persona inerte es una carga demasiado pesada para todo el mundo. Quizá si hubiera vivido alguno de sus padres habría encontrado un nuevo hijo que cuidar, una nueva misión en su vida, pero los demás ya tenían sus caminos trazados. Y él no podía ser una piedra en ninguno de ellos. Incluso para Judith, a pesar de los años que habían pasado juntos, sentía que en el fondo de las necesidades más vitales de ella él era una piedra más, una piedra difícil de apartar de su camino, quizá, y esto era lo que más le compungía.
Los rayos de sol iluminaban una de las paredes de la habitación. La enfermera entró a regular un mando de la máquina que le limpiaba la sangre. Al acercarse él agarró a la muchacha del brazao con su única mano viva. La enfermera se volvió con cara extrañada. Le preguntó sobre su recuperación, pero ella no quiso decir nada. Lo remitió a los informes del doctor. Se marchó. Un gorrión se posó en el alféizar de la ventana, movía la cabeza con movimientos rápidos y desconfiados. El animal se quedó unos segundos mirándole a los ojos. Y entonces comenzó a odiarlo. Aquella sensación de belleza que penetraba por la ventana con aquel pájaro y aquellos rayos de sol le hacían daño, un daño insoportable.
Judith se cruzó con el militar en alguna parte de la clínica pues, poco después de marchaste éste, ella entraba. Llevaba un bolso enorme de color rojo. Antes de decir nada, ofreció su perdón con una mirada despreocupada, demostrando así haber olvidado el incidente del día anterior. Se acercó y le dio un beso. De repente el sentimiento nauseabundo que le asaltó el día anterior comenzó a recorrerle de nuevo el corazón, sin embargo se contuvo y calló con una sonrisa falsa. Esperaba que de verdad en esa ocasión ella desnudara su verdadero sentimiento y sus planes futuros ante él. Ella le habló de las pesquisas que estaba haciendo el abogado en relación con el accidente y las posibilidades que existían de que el otro individuo fuera juzgado por  intento de homicidio. A él aquello no le importaba. Su atención comenzó a centrarse en sus labios. Le parecían encantadores, sus lóbulos superiores describían un corazón moviéndose en sístole y diástole, pulsando los lóbulos inferiores y enviando fluidos invisibles para que su vista los bebiera. Su nariz le parecía entonces más pequeña. Reconocía  la belleza suprema de aquella cara. Entonces cerró los ojos. Ella calló, pensando que necesitaba dormir. Entonces él la miró y le dijo que le besara de nuevo. Ella lo hizo. De nuevo aquel pensamiento mezquino, provocado por una dolorosa sensación de impotencia, comenzó a herirlo. Le quemaba la sangre, una sangre que recorría un cuerpo muerto y una mente cada vez más enferma. Reaccionó, la miró con desidia y le pidió que no volviera en varios días. Ella le acarició y le dijo que lo haría. Pronunció un sincero “Te quiero”, y se despidió. Unas ganas de llorar le vinieron súbitamente, pero se contuvo delante de ella. Cuando salió, rompió en lágrimas, hasta quedarme dormido.
Los días pasaban sin avance aparente. Comenzaba a sentir el peso de su mano derecha, pero nada más. Las luces de la habitación cada vez le resultaban más tediosas, las caras de las enfermeras aburridas, sin vida, automáticas, como sus movimientos, el verde agua esperanza del hospital le molestaba cada vez más. En los estados más sulfurados de su espíritu, cuando de pronto la sangre caliente le obnubilaba la vista, aquel verde se le tornaba rojo, hecho que explicaba como un síntoma de su descenso a los infiernos del sufrimiento. Pensaba que el médico le ocultaba alguna mala noticia, y no lo entendía: ¿por qué aquel matasanos que no conocía de nada y cuya mirada transmitía indolencia e incomprensión ante su dolor no le decía de una vez la verdad?  Aquella idea le irritaba. Le urgía ya la necesidad de que algo explotara para comenzar una nueva vida, o para no vivir.
Un día le llevaron una pequeña radio envuelta en tres cajas chinas y un envoltorio de papel de celofán: era un regalo de Judith. Llevaba dos semanas sin aparecer por allí. Su conciencia no deseaba que volviera: podía ser demasiado sangrante para él. Sin embargo, en el fondo su deseo trabajaba en otro sentido muy distinto. Había decidido firmemente que si volvía acabaría por romper la relación definitivamente, ella estaba demasiado viva, necesitaba otro hombre. Él había decidido aislarse del mundo, cortar todas las vías de comunicación con su entorno y dejar que fluyera libre. Él ya sólo era un engaño, un motivo para la traición, o para que alguien expiara sus culpas con su cuidado. No quería a nadie a su alrededor.
Cinco días después, Judith apareció envuelta en una gabardina azul. Llevaba una boina blanca, deslizada sobre su lado izquierdo. Sus ojos aquel día brillaban de otra manera. Parecía haber comenzado a vivir de nuevo. Le saludo con un beso en los labios. Hablaron cosas inocuas para el corazón, él le anunció los avances que estaba sufriendo: su mano ya se movía ligeramente, sentía cada vez más la aguja de la sonda en su brazo, arrastraba la cabeza por la almohada; sus piernas, sin embargo, aún no habían dado señales de vida. Ella lo animó, le dijo que todo iría cada vez mejor y que al final podría llevar una vida normal. Le cogió la mano. Aquello fue una señal: él entendió que quería decirle algo. Entonces él se adelantó y le preguntó cómo iba todo, si tenía algo que decirle: alguna decisión que hubiera tomado. Judith le comentó que había abandonado su proyecto de ir a Francia a terminar sus estudios porque quería afianzar su estatus en la empresa. También dijo que quería estar cerca de él. De repente la delicada voz que llevaba aquellas palabras a sus oídos comenzó a sonarle distorsionada, el sonido que le envolvía comenzó a balancearse como una sólida onda sonora. Relajó la cabeza cerrando los ojos y oyó algo. A partir de aquellas últimas palabras no recordó nada más: Judith le acababa de anunciar que estaba encinta.
Desde aquel día todo resultó un cruel disparate. Los hechos y los sentimientos bruscos se precipitaron hacia un final trágico. Todo, como si hubiera sido premeditado. A pesar de que la esperanza de poder llegar a ser padre no se separaba de él en ningún momento, le ofreció, de forma cruel y malévola, las dudas de su paternidad. Ella, inocentemente, le prometía y juraba. Aquella esperanza le devolvió un estado ambivalente de placer y odio a sí mismo, había encontrado un motivo para morir y para vivir, para pedirle a los doctores que le dejaran morir y para instarles a que le volvieran a intervenir.
Desde el día de la anunciación Judith acudió todos los días a visitarle. Desde entonces él comenzó a respetarla cada vez más, y, sin embargo, la necesidad de dar por finalizada la relación lo sumía en un fuerte debate interno entre sus sentimientos y esperanzas y su consciente realidad. Pensaba que el embarazo, en cierto modo, la ataba demasiado a él, pero que al mismo tiempo esa atadura era perniciosa para ella. Decidió entonces que no podía seguir así por más tiempo y que, cuanto antes, la dejaría libre.
Un jueves Judith subió una caja de bombones a la habitación. Los comieron juntos, entre risas. Al final, cuando saboreaba el último de la caja, decidió lanzarse al vacío: la locura lo había azotado poco a poco durante los dos meses que llevaba en cama, y estas reacciones cada vez se repetían más. Pero aquel jueves llegó demasiado lejos. “Judith, ¿sabes? He de decirte una cosa que nunca quizá hayas sospechado: A lo largo de estos últimos años te he sido infiel muchas veces. He sido un ser vil y horrendo que no ha tenido escrúpulos en engañarte”. Ella captó el tono cínico de su voz, y su rostro se volvió oscuro, adoptando el color de los bombones. Sus ojos se tornaron negruzcos y brillantes, y se posaron fijamente en él. Con aquello había traspasado la paciencia de los ángeles. A Judith sólo le interesó una cosa: si aún quería a alguna de aquellas mujeres. Él volvió la cabeza y calló. Ella quiso atravesarlo con la mirada sostenida largamente, el rostro serio, destilando la mayor venenosa frialdad que le podía dedicar. Volvió a insistir si aún conservaba a sus amantes y si las quería. “Aquellos encuentros sólo eran una broma”, dijo él riendo desairadamente.  Judith se levantó, tomó el bolso y se dispuso a salir sin decir palabra. Justo en el momento de cruzar la puerta él la nombró, ella notó las vibraciones en sus cuerdas vocales. “No vuelvas nunca más. Te lo pido”, le dijo. Entonces ella lo comprendió todo.

Habían pasado ya tres meses desde aquel día definitivo, era jueves de Navidad, y un frío seco condensaba el cielo blanco. La parada de autobús quedaba cerca de su casa. Apoyándose en las muletas hacía ese recorrido dos veces al día. Joan le acompañaba. Hacía dos años que llegó desde Senegal y sólo dos meses que compartía con él su lenta pero imparable recuperación. Le quería como a un padre. A veces le preguntaba por qué no tenía mujer, pero él siempre le contestaba lo mismo: le decía que había tenido dos pero que las cambió por dos camellos. Joan se echaba a reír, ingenuo.
A veces Judith le veía desde lejos, pero aún no le había saludado por primera vez desde el desencuentro del hospital. Aquello le ponía muy triste y, sin embargo, ahora volvía a reconocer que lo tenía merecido. Toda su vida era un continuo merecer, pensaba. Había dejado de creer en cualquier cosa que le diera alguna esperanza. Aquel jueves, sin embargo, una carta de Judith apareció en su buzón. Joan no conocía a aquella mujer, pero después de abrirla notó un brillo acuoso en sus ojos. Era escueta: “Hola”. Sólo una palabra, pero a él le penetró como un rayo.

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